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Jóvenes adoptan códigos estéticos de pandillas por falta familiar

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La proliferación del pandillerismo urbano en la República Dominicana ha evolucionado de ser un fenómeno de criminalidad común a un complejo prisma sociocultural. En los barrios marginales del país, las bandas de calle han extendido una simbología que incluye arte corporal, jerga y vestimenta, lo que ha llevado a muchos jóvenes a adoptar estos códigos estéticos sin ser parte de estructuras delictivas.

Este fenómeno no ocurre en un vacío, sino que tiene su origen en la falta de contención familiar y el abandono parental. La ausencia de referentes sólidos en el hogar deja a los jóvenes vulnerables y desorientados, buscando en el entorno del barrio una identidad que les brinde pertenencia y estatus.

El mimetismo con la estética de las pandillas no necesariamente conduce a una trayectoria delictiva. Muchos profesionales y líderes comunitarios han pasado por esta etapa de exploración identitaria sin que ello haya derivado en conductas criminales, lo que sugiere que estas prácticas pueden ser fases transitorias de la juventud.

No obstante, la sociedad tiende a juzgar rápidamente a quienes adoptan estos códigos estéticos, confundiendo a los jóvenes imitadores con delincuentes reales. Esta estigmatización genera una doble victimización, donde el joven es cooptado culturalmente por el pandillerismo y al mismo tiempo es etiquetado por el sistema estatal y mediático como parte de un grupo delictivo.

Desde el ámbito del control penal, este sesgo de percepción puede llevar a un «derecho penal de autor», donde las personas son juzgadas no por sus acciones, sino por su apariencia. Esto limita las oportunidades educativas y laborales de los jóvenes, quienes quedan clasificados como pandilleros antes de haber cometido algún delito.

Esta dinámica de rechazo puede resultar en una profecía autocumplida, donde la exclusión institucional y el estigma social empujan a los jóvenes hacia la actividad delictiva. Lo que comenzó como una simple imitación estética puede transformarse en una carrera criminal debido a la condena previa del entorno.

La solución a este dilema no radica en el encarcelamiento ni en el sensacionalismo social, sino en la reconstrucción de la contención familiar y la eliminación de prácticas de perfilamiento por apariencia. Es crucial rescatar la responsabilidad parental y fomentar una educación en valores que impida que la calle sea el único referente de identidad para los jóvenes.

Si la sociedad continúa etiquetando a los adolescentes como criminales, seguirá creando a los delincuentes que intenta erradicar. La restauración del acompañamiento tutelar y la formación en valores es el camino para evitar que una simple imitación de juventud se convierta en una condena de vida.

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