Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), entre 200 y 300 migrantes llegan diariamente a Obock, una pequeña ciudad portuaria en la costa norte del golfo de Tadjoura, en Yibuti, al este de África.
En una llanura arenosa de Yibuti, hombres caminan hacia sus lejanos hogares tras fracasar en su intento de llegar a Yemen por la Ruta del Este, uno de los corredores migratorios más peligrosos del mundo. Sus rostros demacrados reflejan el sufrimiento, y algunos afirman no haber comido nada en varios días. Solo unas pocas acacias raquíticas ofrecen, a veces, un poco de sombra bajo el intenso sol.
En abril, para los yibutianos es «invierno», y las temperaturas alcanzan los 35°C. La mayoría de los migrantes que recorren esta ruta, como Jemal Ibrahim Hasan, provienen de Etiopía, el segundo país más poblado de África con aproximadamente 130 millones de habitantes y escenario de múltiples conflictos armados.
Jemal, de 25 años, dejó su hogar en el norte de Etiopía debido a la falta de paz. Se embarcó en un recorrido de unos 550 km a pie, lo que le tomó alrededor de 15 días. Durante este tiempo, sufrió de pies hinchados y llenos de ampollas.
Una noche, Jemal se subió a un barco sobrecargado con destino a Yemen. Sin embargo, fueron capturados por la guardia costera yemení y llevados a un centro de detención. Allí, la situación era crítica, sin comida ni recursos, y permanecieron durante ocho días antes de ser devueltos a Yibuti.
En el viaje de regreso, una tormenta se desató, y Jemal reflexiona sobre lo afortunado que fue al no volcarse el barco. Tras regresar, decidió emprender nuevamente el camino, esta vez hacia Etiopía, a unos 50 kilómetros al norte de Obock. A pesar de los riesgos, decenas de miles de migrantes del Cuerno de África intentan cada año esta peligrosa travesía.
El peligro de la ruta migratoria
La mayoría de los migrantes inician su travesía desde Yibuti, que se encuentra a solo 30 kilómetros de Yemen. Según la OIM, este corredor es uno de los más mortales del mundo, con más de 900 personas fallecidas o desaparecidas en 2025, convirtiéndose en el año más mortífero registrado.
En marzo, un naufragio cerca de Obock dejó al menos nueve migrantes muertos y 45 desaparecidos. En esa embarcación se encontraba Zinab Gebrekristos, de 20 años, quien había partido de Tigray, una región inestable de Etiopía. Pagó a un traficante 50,000 birr (alrededor de 320 dólares) para intentar cruzar.
Durante su viaje, Zinab fue víctima de robos y tuvo que esperar tres días en la costa de Yibuti sin comida ni agua. La noche del 24 de marzo, fue amontonada junto a 320 personas en una pequeña embarcación que rápidamente comenzó a hundirse. Muchos de sus amigos y familiares murieron ante sus ojos.
Desde un centro de acogida de la OIM en Obock, Zinab asegura que no sabe cómo logró salir del barco. La OIM patrulla regularmente el desierto para ayudar a los migrantes desorientados, pero aun así, decenas de miles llegan cada año a los países del Golfo, especialmente a Arabia Saudita, donde buscan trabajo como obreros o empleados domésticos.
Condiciones inhumanas y desesperación
A unos 50 kilómetros al norte de Obock, la playa de Gehere es un punto de partida común para los migrantes. La arena está cubierta de ropa, sandalias y zapatos abandonados. En la zona, se han erigido montículos de piedras que marcan fosas comunes, como explica Youssouf Moussa Mohamed, responsable de la OIM en Obock.
Youssouf menciona que hay más de 200 cuerpos enterrados en los alrededores. El 98% de los migrantes que encuentra son etíopes, muchos de los cuales nunca habían visto el mar antes de intentar la travesía. Durante los meses de calor, las temperaturas en Yibuti pueden alcanzar los 45°C, y las violentas ráfagas de arena desvían a los migrantes de su ruta.
Youssouf destaca que el año pasado encontraron unos veinte cuerpos al mes durante la temporada cálida. Aquellos que logran sobrevivir a la travesía a veces se quitan la vida por desesperación. Este es el caso de un migrante que se ahorcó el año pasado debido a su situación.
Genet Gebremeskel Gebremariam, de 30 años, también proviene de Tigray y luchaba por mantener a sus cuatro hijos y a su madre con los 200 a 300 birr (1 a 2 dólares) diarios que ganaba. Convencida por un traficante, salió de Mekelle en un camión hacinado con más de 160 personas. Después de desembarcar en la región de Afar, continuaron a pie, atravesando el desierto y escalando acantilados.
Genet relata que nadie ayuda a quienes están cansados o caen, dejándolos atrás. Las mujeres, debilitadas por la sed y el hambre, son abandonadas en el desierto. Ahora, espera en un centro de la OIM para regresar a Etiopía.
Por su parte, Muiaz Abaroge sigue esperando llegar a Arabia Saudita, a pesar de los peligros. A sus 19 años, el joven originario del oeste de Etiopía camina con otras dos personas por la carretera que une Tadjourah y Obock. La desesperación y la falta de opciones lo empujan a continuar su viaje.
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