La Suprema Corte de Justicia enfrenta un desafío significativo con la mora judicial, un problema que no solo afecta la eficiencia del sistema, sino que también refleja un problema cultural en la sociedad dominicana. La normalización de la procrastinación debilita la rendición de cuentas y crea la percepción de que los plazos son flexibles.
Superar esta situación requiere reformas estructurales y un cambio de conducta tanto en las instituciones como en los actores del sistema judicial. Es fundamental modernizar los procedimientos, incorporar tecnología, fortalecer la carrera judicial y establecer mecanismos de control y sanción para las dilaciones injustificadas.
Los jueces, fiscales, abogados y demás auxiliares de la justicia deben asumir responsabilidades con puntualidad y honestidad para que la justicia prevalezca sobre la mora judicial. La justicia debe ser una práctica cotidiana, medible y exigible, donde cada día de retraso representa una oportunidad perdida para restablecer derechos.
Compromiso ético y cultural
La lucha contra la mora judicial no solo se libra en los tribunales, sino también en cada decisión de la comunidad jurídica. Respetar el tiempo de los demás y cumplir con los plazos establecidos son acciones que transforman la justicia de una aspiración lejana a una realidad tangible.
A pesar de los anuncios optimistas de la Suprema Corte sobre la eliminación de la mora judicial, la realidad es más compleja. Muchos tribunales siguen fijando audiencias a tres y cuatro meses, lo que evidencia un cúmulo de expedientes que permanecen sin resolver.
Además, el acceso a la justicia se ve comprometido por la inadmisión de casos, que se ha convertido en una práctica común en lugar de una excepción. Esta situación cierra las puertas a la justicia y evita que se conozcan los asuntos judiciales en profundidad.
Las inadmisibilidades, especialmente en materia de casación, no son una solución a la mora judicial, sino una negación de derechos y una evasión del trabajo que debe realizarse. La justicia debe ser un compromiso ético y cultural que trascienda las palabras y se materialice en acciones concretas.

