Las redes sociales han normalizado comportamientos destructivos y han contribuido a la falta de decencia en la sociedad, donde el escándalo ha sustituido al mérito. A pesar de los avances tecnológicos y educativos, los valores fundamentales que permiten la convivencia parecen estar en retroceso, generando un ambiente donde la vulgaridad y la intolerancia son cada vez más aceptadas.
El consumo excesivo de alcohol, el uso de drogas y la proliferación de juegos de azar representan amenazas significativas para las familias, especialmente aquellas en condiciones de vulnerabilidad económica. Las apuestas se presentan como una forma de escapar de la pobreza, promoviendo la ilusión de enriquecerse sin esfuerzo y debilitando la cultura del trabajo y la responsabilidad.
El respeto hacia las personas mayores también ha disminuido. Tradicionalmente, los abuelos eran considerados fuentes de sabiduría y orientación, pero hoy en día, muchos son ignorados o tratados como una carga. Esta falta de consideración refleja un desprecio por la memoria colectiva de la sociedad.
Además, la cortesía ha perdido su lugar en las interacciones diarias. Actos simples como ceder el asiento a una persona mayor o respetar una fila son cada vez más raros. En su lugar, se observan conductas irresponsables, como el incumplimiento de señales de tránsito y la falta de civismo en espacios públicos.
La cultura digital ha exacerbado esta situación, convirtiendo las redes sociales en plataformas donde la vulgaridad y el escándalo reciben más atención que el comportamiento ejemplar. Esto sugiere que se valora más la apariencia que la autenticidad, y la acumulación de seguidores se prioriza sobre el servicio a los demás.
No se puede culpar únicamente a las nuevas generaciones por esta realidad. Los jóvenes aprenden de los ejemplos que ven a su alrededor. La corrupción y la falta de respeto de los adultos dificultan la enseñanza de valores como la honestidad y el respeto.
La familia sigue siendo la primera escuela de valores, donde se enseña el respeto y la responsabilidad. La educación formal complementa esta formación, pero no puede reemplazarla. Las autoridades religiosas, políticas y sociales deben actuar como modelos a seguir para fomentar una cultura de respeto y decencia.
El país necesita seguir creciendo económicamente, pero también es esencial reconstruir los fundamentos éticos de la convivencia. Sin decencia, se corre el riesgo de perder algo más valioso que la riqueza material: la condición humana.

