La convivencia en la ciudad se transforma por una nueva sensación de indefensión que se percibe en la población. Este cambio no proviene de grandes eventos políticos, sino de una serie de agresiones cotidianas que se minimizan y justifican, como un vidrio roto de un vehículo o un comerciante intimidado. Estos episodios, aunque parecen pequeños, están alterando la manera en que los ciudadanos interactúan y se mueven por sus entornos.
El filósofo griego Isócrates advirtió hace más de dos mil años que la corrupción de las ciudades no comienza con la falta de leyes, sino con el debilitamiento de las costumbres que las sustentan. La crisis actual podría ser solo un síntoma de una enfermedad social que ha estado incubándose durante años, donde la violencia y la intimidación se normalizan.
El impacto de la rutina en la percepción del peligro
La historia muestra que las sociedades pueden mantener su estructura externa mientras su espíritu se erosiona. La Revolución Francesa es un ejemplo de cómo una multitud puede cambiar de exigir justicia a imponer miedo. Ortega y Gasset también señaló que la convivencia se vuelve frágil cuando grupos particulares violan las normas que protegen a todos.
Las sociedades fuertes no son aquellas donde no ocurren excesos, sino donde estos son reconocidos como tales. La amenaza para una comunidad a menudo llega disfrazada de costumbre, cuando la violencia deja de ser sorprendente y se convierte en un fenómeno cotidiano.
Este cambio sutil afecta la vida diaria del ciudadano, quien comienza a modificar sus rutas y horarios, y a medir sus palabras. La prudencia se transforma de una virtud en un mecanismo de autoprotección, mientras que los compromisos que antes impulsaban la denuncia se apagan.
La erosión de la confianza ciudadana
La nueva indefensión no surge por la ausencia de leyes, sino por la creciente duda de que estas sean suficientes para garantizar la protección de la sociedad. La sensación de amparo colectivo se debilita cuando algunos descubren que la amenaza puede resultar en beneficios.
Las sociedades rara vez colapsan de un solo golpe; antes de la caída, existe una costumbre de mirar hacia otro lado. El peligro se presenta cuando lo excepcional deja de escandalizar y se convierte en parte del paisaje cotidiano.
A pesar de que las leyes y las instituciones siguen en pie, lo que se pierde es la confianza de los ciudadanos en su capacidad de caminar, trabajar y vivir sin miedo.