La lucha entre el ser y el tener persiste, y cada vez son menos quienes se preocupan por la autenticidad y la integridad en sus acciones. A pesar de que una persona puede mostrar coherencia entre sus pensamientos y acciones, esto no garantiza que sus intenciones sean buenas. La honestidad y la integridad pueden ser utilizadas para fines negativos, como en el caso de aquellos que cumplen con los códigos de la mafia.
Es fundamental distinguir entre líderes que influyen positivamente y aquellos que lo hacen para el mal, a veces sin darse cuenta de su impacto. Un ejemplo de esto se presenta en la anécdota de una visita a un supermercado, donde se cuestiona qué significa realmente ser un modelo a seguir. La actividad de modelaje puede estar más relacionada con la apariencia que con la conducta y los valores que se deben promover en la sociedad.
En la actualidad, muchos individuos han alcanzado el éxito en los medios digitales, pero su autenticidad puede ser cuestionada. Todos ejercemos influencias, ya sean positivas o negativas, y es inevitable que los demás nos evalúen y nos imiten. La proyección de imágenes y la huella que dejamos en los demás son aspectos que no podemos ignorar.
El ex presidente Balaguer enfatizó que “la honestidad no es privilegio de los años sino de la cuna”, lo que resalta que muchos corruptos son personas adultas. La historia reciente ha demostrado que la corrupción ha persistido a través de diferentes gobiernos, con un daño significativo a la nación. La situación actual sigue siendo alarmante, con constantes denuncias de abusos de poder.
El presidente Abinader ha instado a los jóvenes a hacer de la honestidad una moda, pero la realidad muestra que muchos funcionarios carecen de la ética necesaria. Estos individuos a menudo alejan a aquellos que desean hacer lo correcto, creando un ambiente donde la honestidad no prospera. Su llamado a la honestidad debe ser un compromiso real dentro de su gestión, especialmente con miras a las próximas elecciones.
La honestidad no se trata de apariencia o de ostentar poder, sino de conductas observables que reflejan integridad. La falta de confianza en las instituciones que deben fiscalizar la corrupción es un problema que persiste en la República Dominicana. Sin un liderazgo comprometido con el bien, es difícil alcanzar un cambio significativo.
La honestidad debe ser un principio fundamental, no solo una narrativa. Para lograr un cambio real, es esencial promover líderes que actúen con ética y transparencia, y que se comprometan a erradicar la corrupción en todas sus formas.

