Los internos de la cárcel de Salcedo han encontrado en los talleres una nueva oportunidad para reintegrarse a la sociedad. Cada mañana, el aroma del pan recién horneado atrae a vecinos y comerciantes, quienes compran los productos elaborados por los privados de libertad, que buscan transformar su encierro en un camino hacia un futuro mejor.
Dentro de la Fortaleza Militar Juana Núñez, los internos participan en diversas actividades, como panadería, ebanistería, herrería, agricultura y peluquería. Este enfoque les permite aprender oficios y desarrollar disciplina, alejándose de la noción del tiempo como una mera condena.
El centro, diseñado para 60 internos, actualmente alberga a 196, incluyendo 15 mujeres, lo que representa una sobreocupación del 226%. A pesar de este hacinamiento, 33 reclusos de entre 25 y 60 años han encontrado en el trabajo penitenciario una forma de reconstruir sus vidas.
María Magdalena, quien lleva 17 años en el penal, se ha convertido en la encargada de panadería, produciendo más de 35 fundas de pan al día. Con un ingreso mensual de 4,000 pesos, espera utilizar su experiencia para fundar un negocio familiar al salir de prisión.
José Miguel, de 42 años, llegó a Salcedo sin conocimientos sobre ebanistería, pero ahora dirige uno de los talleres más activos, fabricando muebles para clientes externos. Su trabajo le ha permitido costear su carrera de Derecho, y planea ejercer como abogado una vez que recupere su libertad.
Impacto en la comunidad
Los talleres no solo ofrecen entretenimiento, sino que también generan una dinámica económica dentro del centro. Los internos se encargan de la producción y venta de sus productos, lo que les permite mantener contacto con la comunidad y recibir encargos de diversos trabajos.
El dinero generado se distribuye de manera que el 50% se ahorra para su futuro, el 40% se destina a gastos personales y el 10% se queda en el centro. Esta estructura busca facilitar la reinserción social de los internos.
A pesar de los logros, existen limitaciones en cuanto a recursos y personal. Algunas áreas, como barbería y belleza, operan con equipos limitados, y ciertas iniciativas han quedado paralizadas debido a la falta de apoyo técnico y financiero.
Desafíos y oportunidades
El éxito del programa de rehabilitación se mide en la capacidad de los exinternos para reintegrarse a la sociedad. En los últimos diez años, al menos 23 internos han egresado con formación técnica, y solo un 2% ha reincidido.
José Anderson Camilo, un exinterno, es un ejemplo de cómo estas oportunidades pueden cambiar vidas. Tras cumplir su condena, trabaja en un taller de herrería, donde ha encontrado estabilidad y un nuevo propósito.
El centro penitenciario planea una remodelación de 65 millones de pesos para aumentar su capacidad a 220 internos, pero el verdadero desafío radica en ampliar las oportunidades de capacitación para todos los reclusos.

