La conversación sobre feminicidio debe incluir la prevención masculina, ya que cada vez que una mujer es asesinada, se reavivan las discusiones sobre señales de peligro y mecanismos de protección. Sin embargo, se ha dejado de lado un aspecto crucial: cómo evitar que el peligro se forme desde un inicio. La violencia no siempre comienza con brutalidad visible, sino que puede manifestarse a través de conductas disfrazadas de cuidado y amor, que si no se confrontan, pueden evolucionar hacia formas más peligrosas de dominación.
Es fundamental que la conversación no se limite a advertir a las mujeres sobre el peligro, sino que también se dirija a los hombres. Esto implica cuestionar qué tipo de formación emocional reciben, cómo gestionan la frustración y qué modelos de masculinidad se perpetúan. La mayoría de los hombres no ejerce violencia letal, pero es necesario examinar ciertas deformaciones culturales que pueden llevar a comportamientos destructivos.
La responsabilidad colectiva
Los entornos también juegan un papel importante en la perpetuación de situaciones peligrosas. Familias y amistades a menudo minimizan comportamientos preocupantes, mientras que comunidades e instituciones prefieren no involucrarse, lo que contribuye a la normalización de la violencia. Frases como “entre pleitos de marido y mujer nadie se meta” han enseñado a observar sin intervenir, lo que puede resultar en omisiones morales graves.
En una cultura con persistencias machistas, la frontera entre el respeto a la privacidad y la omisión moral se vuelve difusa. No todos los conflictos de pareja requieren intervención, pero muchas situaciones destructivas no deben ser consideradas problemas privados. También es necesario abordar el papel de los espacios religiosos, donde el acompañamiento espiritual a veces no ofrece respuestas adecuadas a relaciones deterioradas.
La buena intención en el acompañamiento no siempre se traduce en un buen resultado. Algunas interpretaciones religiosas han tratado la permanencia matrimonial como un principio absoluto, ignorando que el deterioro moral puede ser un factor crítico. La dureza del corazón, mencionada en el relato evangélico, no describe solo incompatibilidad, sino una incapacidad ética de reconocer la dignidad del otro.
Es esencial que la conversación no comience solo cuando una relación ya está rota. Las comunidades religiosas deben enfocarse en la formación a largo plazo, cultivando principios de respeto y responsabilidad moral desde la infancia. Aunque ninguna formación garantiza inmunidad contra la violencia, es contradictorio reaccionar solo ante crisis consumadas sin fomentar el carácter desde el principio.
Una sociedad comprometida con la prevención de tragedias debe educar tanto a mujeres como a hombres, enseñando a estos últimos a no convertir la frustración en agresión. También es necesario que familias e instituciones desarrollen la capacidad de distinguir entre conflictos ordinarios y dinámicas peligrosas, revisando críticamente los silencios culturales que prolongan situaciones destructivas.
En definitiva, la conversación más urgente no es solo enseñar a escapar del peligro, sino impedir que ese peligro continúe formándose desde sus raíces.

