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Felito Batista obtiene título de propiedad y transforma su vida

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Santo Domingo, RD.– En el corazón del sector Domingo Savio, donde el asfalto se rinde ante la estrechez de los callejones, la vida de Felito Batista parecía estar detenida en el tiempo en su casucha, donde la necesidad y la incertidumbre eran parte esencial de su diario vivir.

Sin embargo, todo ha cambiado, pues ahora cuenta con su título de propiedad, un logro que transforma su realidad.

A sus 59 años, el rostro de Felito Batista es un mapa de expresiones confusas, donde cada línea cuenta una batalla ganada al olvido.

Nacido en el aire seco y los horizontes amplios de San Juan, este hombre lleva consigo la determinación de quien sabe que la tierra no regala nada, sino que se le arranca con esfuerzo y dedicación.

Hace cuatro décadas, impulsado por el ímpetu de la juventud y el hambre de futuro, Batista dejó el sur para enfrentarse a la capital, instalándose en un rincón que muchos preferían ignorar: la orilla oeste del río Ozama, en lo que hoy se conoce como el sector Nuevo Domingo Savio.

Cuando Felito llegó, el terreno no era más que un humedal de lodo, custodiado por cocoteros, nubes de mosquitos y el constante deambular de los cangrejos.

Allí, donde otros veían un pantano, él vio un hogar.

Un hogar construido con esfuerzo

Con una ingeniería nacida de la necesidad, levantó su primera morada: una casucha de supervivencia hecha con palos, madera vieja, hojas de zinc oxidado, tanques de metal y latas de aceite vacías que él mismo aplanaba para cubrir las grietas por donde se colaba el frío, el sol y la claridad.

Su vida en la capital ha sido una oda al trabajo duro, desempeñándose como ayudante de albañil en “echar días” y fajándose en lo que apareciera.

Aprendió a construir paredes para otros mientras la suya propia seguía siendo de hojalata.

“A uno con un título esto es una responsabilidad. Esto es mío y de Dios porque fue Él quien me lo puso.

Cuando yo llegué, esto era agua, coco, lodo y cangrejos. Cuando llovía mucho, salíamos a otro lugar hasta que el agua bajara”, expresó Felito Batista, reflejando su conexión con el lugar que ha llamado hogar.

En la crudeza de la miseria extrema, su brújula nunca fue el dinero que no tenía, sino la boca de su esposa y sus tres hijos que dependían de su sudor diario.

La transformación a través del título de propiedad

A pesar de que la incertidumbre fue su sombra durante cuarenta años, Felito nunca caminó solo; lo acompañaban una fe inquebrantable en Dios y una esperanza que se negaba a hundirse en el lodo del Ozama.

Esa resistencia finalmente encontró un puerto cuando el Gobierno del presidente Luis Abinader anunció el inicio del proceso de titulación en su sector.

Para un hombre que levantó su casa con desperdicios, recibir un título de propiedad es recibir la llave de la libertad financiera y la paz mental.

“Un título es dinero en efectivo, es el peso del suelo bajo mis pies que ahora sí me pertenece”, parece decir su mirada, mientras era entrevistado.

Hoy, Felito Batista ya no es solo el hombre que sobrevivió a los mosquitos y la precariedad; es un propietario, un ciudadano con raíces legales en la capital y el testimonio vivo de que, después de 40 años de pasar de todo, la esperanza finalmente ha fraguado en concreto sólido.

Con la entrega del título de propiedad por parte del Gobierno, Felito y su pareja han dejado de ser “ocupantes ilegales” para convertirse en los dueños de los terrenos donde viven, aunque aún en una casucha, ahora a orillas de la avenida Paseo del Río.

Aunque las carencias siguen siendo visibles y las paredes de su hogar aún flaquean, el título ha transformado su terreno en un activo con valor real.

Ese documento no es solo papel; es la llave que les permite, por primera vez, ver más allá de la pobreza extrema y planificar un futuro que antes les estaba prohibido.

El sueño de la familia Batista Feliz tiene nombre y ubicación: San Luis. Allí, visualizan poder comprar una “tierrita” propia, donde el ruido del barrio sea sustituido por el cacareo de las gallinas y el rumbido de los pavos.

Su plan es claro y valiente: vender el terreno que ahora legalmente les pertenece para capitalizar un criadero de gallinas y pavos.

“Ahora tenemos algo que es nuestro para negociar”, comentan con una sonrisa que borra, por un momento, las huellas del sacrificio.

En San Luis, Felito y Felicita no solo buscan criar aves para el comercio; buscan sembrar una vida de dignidad para sus hijos, lejos del hacinamiento y cerca de la paz que solo el hogar propio y la tierra labrada pueden ofrecer.

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