En la República Dominicana, existe una desconexión estructural entre las élites y la realidad social que intentan dirigir.
Esta situación se agrava por una fractura discursiva, donde quienes ostentan el poder ignoran los problemas cotidianos que afectan a la población.
Un claro ejemplo de esta desconexión es el silencio en torno al llamado “cartel de los motoristas”.
Recientemente, en Santiago, un chofer de camión recolector de basura fue asesinado, un hecho que debería haber generado un debate nacional sobre temas de orden público y control territorial.
A pesar de la gravedad de la situación, los líderes políticos, tanto del oficialismo como de la oposición, han evitado abordar el tema.
Esta falta de respuesta de las figuras de autoridad envía un mensaje peligroso: hay realidades evidentes que no se procesarán políticamente.
La respuesta de la élite empresarial
Por otro lado, la élite empresarial parece optar por un discurso superficial y desprovisto de conflictos.
En lugar de enfrentar los retos del país, se enfocan en temas como la innovación y la sostenibilidad, mientras evaden cuestiones críticas como la seguridad y el deterioro institucional.
Esta estrategia no solo empobrece el debate público, sino que también pone en riesgo sus propios intereses a largo plazo.
Un empresariado que no reconoce los riesgos que enfrenta queda a merced de ellos.
El liderazgo político, por su parte, se encuentra atrapado en una lógica de viralidad, donde lo superficial y emocional prevalece.
La política se convierte en contenido para redes sociales, lo que dificulta un análisis profundo y necesario en tiempos de disrupción.
El papel de los medios de comunicación
Además, se observa una claudicación de parte de la élite mediática. Muchos medios y líderes de opinión, aunque realizan un trabajo correcto, han cedido ante una industria de chantaje y extorsión que opera eficazmente en una sociedad hiperconectada.
En este contexto, la verdad deja de ser un estándar compartido y se convierte en un producto disputado.
Esta situación resalta la necesidad de un discurso claro y orientado a la realidad, que aborde los problemas sociales urgentes.
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