El fenómeno de El Niño tiende a disminuir la formación de ciclones en el Atlántico, debido a que genera fuertes vientos cortantes que dificultan su desarrollo. En una temporada promedio, esta cuenca registra 14 tormentas, 7 huracanes y 3 huracanes mayores, aunque factores externos pueden alterar estas cifras. Un ejemplo de esto fue el año 2023, cuando las temperaturas oceánicas excepcionalmente cálidas del Atlántico neutralizaron el efecto de El Niño, evidenciando que el calor del agua puede actuar como un combustible que contrarresta la cizalladura del viento y genera actividad inusual.
A pesar de una temporada de baja intensidad, no se puede subestimar el peligro, ya que un solo impacto puede ser devastador. La historia respalda esta afirmación, con casos como los huracanes San Zenón en 1930 y Andrew en 1992, que causaron destrucción total en la República Dominicana y Estados Unidos, a pesar de que esos años presentaron poca actividad ciclónica. Por ello, la preparación constante de la población y las autoridades es fundamental para mitigar posibles tragedias.
Clasificación de ciclones y su potencial destructivo
Técnicamente, los sistemas ciclónicos se clasifican según la velocidad de sus vientos en depresiones (vientos sostenidos menores a 63 km/h), tormentas (vientos de 63 a 118 km/h) y huracanes (vientos iguales o superiores a 119 km/h). Una vez que un sistema alcanza la fuerza de huracán, se utiliza la Escala Saffir-Simpson para medir su potencial destructivo en cinco categorías. Esta escala va desde la Categoría 1, con vientos mínimos de 119 km/h, hasta la temida Categoría 5, que incluye los fenómenos más extremos con vientos sostenidos iguales o superiores a 252 km/h.
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