En medio de un contexto alarmante por los casos de feminicidios y violencia contra la mujer en la República Dominicana, especialistas afirman que muchas conductas de control y violencia tienen sus raíces en la infancia y la crianza. La terapeuta sistémica familiar Jocabed Marte explica que las dinámicas que normalizan el control y la posesión en las relaciones comienzan a construirse desde muy temprano, a través de las experiencias afectivas en el hogar.
Los niños aprenden sobre el amor observando cómo se relacionan sus figuras de apego, incluyendo la comunicación, el manejo de conflictos y la expresión del afecto. Si un niño crece en un entorno donde el amor se asocia al control y los celos, puede internalizar la idea de que amar significa poseer al otro.
Creencias culturales y su impacto
Las creencias culturales que refuerzan la idea de que la pareja es una posesión han sido históricamente arraigadas. Frases como «si te cela es porque te ama» o «debes aguantar por amor» transmiten mensajes que mezclan amor con dominio y dependencia.
Además, se observa que muchos hombres son educados en la idea de control y autoridad, mientras que a muchas mujeres se les enseña a tolerar y sacrificar sus límites. Estas creencias se transmiten de generación en generación, haciendo que muchas personas reproduzcan dinámicas familiares sin cuestionarlas.
Es esencial revisar estas creencias para entender que el amor sano no implica posesión ni sacrificio extremo. Las relaciones saludables se construyen sobre el respeto mutuo y la autonomía emocional.
Intervención temprana y educación emocional
El ejemplo de los padres tiene un impacto significativo en cómo los hijos comprenden el respeto y los límites. Si los niños observan relaciones con diálogo y validación emocional, es más probable que desarrollen vínculos saludables. Por el contrario, si son testigos de violencia o control, pueden normalizar esas dinámicas en el futuro.
Desde la terapia sistémica, se entiende que los niños adaptan su percepción del amor para sobrevivir en su entorno familiar. Por ello, es crucial intervenir tempranamente, no solo para corregir conductas, sino para enseñar nuevas formas de relacionarse.
Educar emocionalmente implica ayudar a los niños a manejar el rechazo y la frustración, lo cual comienza con adultos que gestionan adecuadamente sus propias emociones. Establecer límites claros y consistentes permite que los niños desarrollen tolerancia a la frustración y comprendan que los vínculos no dependen del control.
Finalmente, romper ciclos de violencia y control en la crianza requiere valentía emocional y una decisión consciente de construir relaciones más saludables para las nuevas generaciones. Este proceso no es sencillo, pero es fundamental para evitar que las heridas del pasado se repitan en el futuro.

