El concepto de «ideología» se originó en el pensamiento francés del siglo XVIII, a través de la obra “Mémoire sur la faculté de penser” (1796) de Antoine Destutt de Tracy, cuyo objetivo era examinar la génesis de las ideas y las leyes que rigen el entendimiento humano. Karl Marx más tarde describió la ideología como «un reflejo ilusorio» de la realidad, contrastándola con la praxis vital. Figuras como Erik Erikson y Raymond Williams también aportaron visiones integradoras, definiéndola como un sistema de imágenes e ideales que otorgan identidad a los grupos sociales.
Definir la ideología ha sido siempre una tarea compleja, ya que el observador, influenciado por su propia carga ideológica, carece de la objetividad necesaria para emitir un juicio neutro. A pesar de esta dificultad, las ideologías fueron el motor de la política global durante el siglo XX, siendo fundamentales para el diseño de sistemas de intervención económica y social.
El impacto de la Guerra Fría y el colapso del esquema bipolar
Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se dividió en un esquema bipolar: el socialismo marxista de la URSS y la democracia capitalista liberal de los Estados Unidos. Este esquema se desmoronó con el colapso soviético en los años ochenta, dando paso a una era que se consideraba libre de fantasmas ideológicos y marcada por un triunfo tecnológico y pragmático.
En 1992, Francis Fukuyama consolidó esta visión con “El fin de la historia y el último hombre”, sugiriendo el abandono de los esquemas ideológicos en favor de la praxis del mercado global. Este cambio, también señalado por pensadores como Norberto Bobbio, desdibujó la distinción entre izquierda y derecha, llevándonos a un transversalismo influenciado por la globalización.
La crisis del pragmatismo y la degradación política
El nuevo orden debilitó la capacidad del Estado frente al mercado internacional, que impuso el Soft Law, un conjunto de reglas que, aunque no son leyes públicas, terminaron por prevalecer sobre las legislaciones nacionales. Según Zygmut Bauman, mientras las ideologías del pasado envolvían al Estado, el pragmatismo actual se fundamenta en la ausencia del mismo.
El pragmatismo global enfrentó su primer gran revés con la crisis financiera de 2007, cuando el colapso de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos reveló la fragilidad de un sistema centrado en el mercado. Esto generó una profunda indignación social, evidenciando la marginación y el engaño que sufría la población.
La clase política, cada vez más desprestigiada, ha mostrado una alarmante incapacidad para reconocer que su degradación proviene de un sistema pragmático que prioriza intereses corporativos sobre el bienestar público. Esta «realpolitik» desarraigada ha sumido a la política en un vacío ético, donde el abandono de convicciones por servilismo al poder lleva a la autodegradación y a la extinción histórica.
En contraste, ejercer la política con fundamentos ideológicos permite razonar el presente y proyectar futuros posibles. Solo a través de un pensamiento humano estructurado se puede rescatar la capacidad de construir «utopías» que, como planteaba Tomás Moro, guíen a la sociedad hacia un ideal de justicia, trascendiendo la mera gestión técnica del momento.
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