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Yokoi Kenji Díaz critica la cultura de la trampa en Latinoamérica

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Yokoi Kenji Díaz, conferencista y motivador colombo-japonés, ha expresado su crítica hacia la “cultura del atajo” que predomina en muchos países de Latinoamérica. Asegura que la corrupción no solo se origina en la política, sino que comienza en el entorno familiar, donde los padres enseñan que mentir y evadir reglas es aceptable. Esta cultura de la trampa se ha arraigado tanto que se ha convertido en un estilo de vida cotidiano, conocido irónicamente como el “Dominican Way”, que incluso se exporta a otras partes del mundo.

Díaz señala que la corrupción no se limita al ámbito político, aunque allí es más visible por su impacto. Los políticos son parte de la misma sociedad que gobiernan, lo que refuerza la idea de que cada pueblo tiene el gobernante que merece. En la vida diaria, se presentan actos de “microcorrupción”, como pasarse un semáforo en rojo o quedarse con dinero de más en un error de cajero, que erosionan la integridad personal y colectiva.

Estos actos, aunque parecen inofensivos al principio, normalizan la trampa como un medio para alcanzar el éxito rápidamente. La presión social lleva a muchos a adoptar este comportamiento, donde cumplir las reglas se considera raro. En esta dinámica, el dinero y el poder se convierten en una “fuente de juventud” que limpia la imagen de los corruptos, transformándolos en figuras respetables.

La vulgaridad y el abuso de poder se han convertido en prácticas comunes, mientras que la crítica social se reduce a comentarios superficiales en redes sociales. Esto ha contribuido a que el país mantenga cifras negativas en educación, según la última evaluación de PISA. La cultura del entretenimiento superficial prospera entre los jóvenes, quienes prefieren obtener “likes” en redes sociales en lugar de buscar superación personal a través de estudios formales.

La aceptación de que quienes ocupan cargos públicos “deben buscarse lo suyo” refleja una normalización de la corrupción. Los puestos se ven como botines de guerra, y la inversión en campañas políticas se traduce en expectativas de recuperación financiera. La corrupción no es solo un problema gubernamental, sino que revela la naturaleza de quienes la ejercen.

Díaz enfatiza que la integridad se define como hacer lo correcto, incluso sin supervisión. Sin embargo, en la actualidad, cumplir la ley no es atractivo, y los políticos creen que más leyes resolverán el problema. La contratación pública, que representa cerca del 40% del PIB nacional, es uno de los mayores focos de corrupción, donde se diseñan arquitecturas fraudulentas para apropiarse de recursos públicos.

El autor plantea una reflexión sobre el futuro del país, sugiriendo que quienes están en el poder prefieren el caos porque facilita el control. La honestidad en la función pública es esencial para construir confianza ciudadana y dignificar el Estado. Sin embargo, en la práctica, estas virtudes a menudo se convierten en meras palabras vacías.

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