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Trapiches preservan la memoria cultural y económica de la caña de azúcar

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La caña de azúcar, introducida en la isla por los españoles a finales del siglo XV, ha sido fundamental en la historia económica, social y cultural de La Española. Los trapiches, molinos artesanales que extraen el jugo de la caña, son protagonistas silenciosos de esta historia, ya que de ellos se elaboran productos que han formado parte de la alimentación cotidiana de miles de dominicanos.

Los primeros trapiches utilizaban rodillos de maderas resistentes, como el guayacán o el roble, y eran inicialmente accionados por la fuerza humana, luego por bueyes o mulos. El jugo caído en recipientes era hervido y vertido en moldes, dando lugar a dulces que evocan la infancia de muchos dominicanos. La historia de estos artefactos está documentada en el libro Los trapiches y el cultivo de caña en San José de Ocoa, del investigador Milcíades (Milcio) Mejía.

Mejía, reconocido científico dominicano, ha realizado estudios en varios países y presidió la Academia de Ciencias de la República Dominicana entre 2010 y 2016. En su obra, explica que los primeros esquejes de caña traídos por Cristóbal Colón no prosperaron, pero las plantas introducidas por Pedro de Atienza desde las Islas Canarias encontraron condiciones favorables en La Vega, donde comenzó el cultivo exitoso.

El libro también sigue el recorrido de la caña hacia las montañas del sur, especialmente hacia El Maniel, donde habitaban esclavos cimarrones. Mejía analiza diversas hipótesis sobre la llegada del cultivo a esta región, destacando la influencia de inmigrantes canarios y familias de Matanzas y Sabana Buey en la formación de San José de Ocoa.

Además, el autor examina las razones por las que el cultivo perdió importancia en La Vega y se desarrolló en el sur, apoyándose en documentación histórica, geográfica y agrícola. Esto permite al lector entender los factores que determinaron esta evolución.

Mejía también enfatiza que la historia de un país no se escribe solo desde los grandes eventos, sino también a través de los pequeños detalles, como el humo de un trapiche y el esfuerzo de quienes trabajaban la tierra. Mientras algunos de esos viejos trapiches aún permanecen, visitarlos representa un encuentro con una parte esencial de la memoria nacional que merece ser preservada.

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