La provincia de San Juan de la Maguana, conocida históricamente como el «Granero del Sur», se encuentra en el centro de un intenso debate que va más allá de lo económico, tocando aspectos fundamentales de la supervivencia nacional.
En este contexto, el Proyecto Romero, promovido por la empresa GoldQuest, ha despertado la conciencia ambiental de un pueblo que se resiste a sacrificar su seguridad hídrica por la promesa de lingotes de oro.
Este conflicto ha puesto de manifiesto la lucha entre el desarrollo efímero y la riqueza sostenible.
La Academia de Ciencias de la República Dominicana ha expresado su firme oposición al proyecto, argumentando que no se trata de un simple rechazo por capricho, sino de una posición fundamentada en la memoria histórica de un país que aún enfrenta las secuelas de la minería en regiones como Pedernales, La Vega y Sánchez Ramírez.
La experiencia de estos lugares ha dejado una estela de desconfianza, evidenciada por el ingeniero José Manuel Mateo, quien señala que la minería en suelo dominicano ha estado marcada por la violación de leyes y la creación de «pasivos ambientales eternos».
La Lucha por el Agua y la Tierra
La pregunta que resuena en las calles y redes sociales es clara: ¿es lógico arriesgar la Cordillera Central, el ecosistema que genera el 80% del agua de nuestra nación?
La respuesta es un rotundo no, un sentimiento que se ha apoderado de la ciudadanía, que entiende que San Juan no es solo tierra, sino la fuente vital que alimenta al Yaque del Sur, irrigando a Barahona, Bahoruco e Independencia, y sosteniendo la soberanía alimentaria del país.
En este contexto, las plataformas digitales se han convertido en un espacio de alerta máxima, donde bajo consignas como «San Juan No Se Vende» y «Agua o Tragedia», la población expresa su genuina preocupación por la calidad de vida que podría verse comprometida.
El dilema entre el desarrollo efímero y la riqueza sostenible se hace evidente, ya que mientras la minera promete empleos temporales y beneficios que se desvanecen en un par de décadas, el Valle de San Juan ha sido el sustento de generaciones durante siglos.
Para muchos, tocar la Cordillera Central es considerado un «atentado de lesa patria», pues no se puede hablar de progreso si el costo es contaminar las nacientes que permiten el consumo humano, la generación de energía eléctrica y el turismo.
A pesar de que GoldQuest sostiene que el proyecto aún requiere de estudios de impacto ambiental más profundos, la desconfianza de la población no es infundada, ya que la experiencia ha demostrado que, una vez instalada la maquinaria, el daño suele ser irreversible.
Prioridades en el Debate Minero
San Juan vive de su vocación agrícola, y colocar una mina en la cabecera de sus ríos es, en el mejor de los casos, una imprudencia geográfica y, en el peor, un suicidio ecológico.
El debate sobre el oro en San Juan no es una cuestión de «confusiones», sino de prioridades.
Los beneficios económicos que la minería promete son esporádicos y tienden a concentrarse en pocas manos, dejando tras de sí un paisaje lunar y comunidades empobrecidas.
Proteger la Cordillera Central es, en esencia, proteger la vida misma.
San Juan ya es rico; su oro no brilla bajo tierra, sino que fluye cristalino por sus ríos y brota verde en sus campos.
La defensa del agua no es un error de comunicación, sino un acto de supervivencia que resuena en cada rincón de esta provincia.
El impacto hídrico del proyecto minero podría afectar directamente a los caudales que surten a toda la región Sur, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria del principal productor agrícola del país.
La historia de proyectos mineros previos en la República Dominicana ha dejado un legado de abandono y contaminación, lo que refuerza la necesidad de priorizar la sostenibilidad, donde la agricultura representa un futuro duradero, mientras que la minería es solo un beneficio temporal para unos pocos.
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