Los conflictos geopolíticos se intensificaron a finales de febrero de 2022, cuando Rusia lanzó su operación militar especial tras el fracaso de la diplomacia y las intenciones de la OTAN de integrar a Ucrania. Este movimiento se produjo en un contexto de tensiones acumuladas desde el golpe de estado que derrocó al presidente Viktor Yanukovich en 2014, lo que llevó a una guerra civil en Ucrania que ha dejado un alto número de víctimas.
A pesar de los acuerdos de Minsk, que buscaban frenar el conflicto, Rusia no logró obtener las garantías sobre la independencia de las provincias de mayoría rusa ni la no adhesión de Ucrania a la OTAN. Los líderes europeos, confiando en una rápida victoria sobre Rusia, desestimaron estos acuerdos, y figuras como Ángela Merkel y Boris Johnson expresaron su escepticismo sobre la situación.
Desde el inicio de la guerra, Rusia ha desplegado alrededor de 360,000 soldados de un total de un millón disponibles, y a casi cinco años del conflicto, la desintegración del país pronosticada por Occidente no se ha materializado. El presidente Donald Trump ha criticado la ayuda de US $360 mil millones que la administración Biden ha proporcionado a Ucrania, mientras que la Unión Europea ha enfrentado protestas internas debido a las restricciones económicas impuestas por la guerra.
La operación “Furia Épica”, lanzada el 28 de febrero de 2026, tenía como objetivo derrocar al régimen iraní, pero tras la eliminación del ayatolá Alí Jameneí, el régimen se reorganizó y comenzó a retaliar. Estados Unidos e Israel, que esperaban una rápida resolución, se han visto envueltos en un conflicto prolongado que ha durado más de ocho meses, complicando la situación en el Estrecho de Ormuz y afectando la economía de los estados del Golfo Pérsico.
Además, el movimiento hutí, conocido como Ansar Allah, ha intensificado su asedio al gobierno de Yemen y ha ampliado sus ataques a Arabia Saudita, lo que ha generado una crisis en la región. La posible llegada al poder de Ansar Allah podría agravar la crisis del tránsito marítimo y de combustibles, ya que controlarían el estrecho de Bab el Mandeb.
Estados Unidos e Israel, a pesar de su poder nuclear, enfrentan un dilema: un ataque nuclear podría desestabilizar aún más la región y afectar a sus propios aliados. Las consecuencias de un conflicto de tal magnitud serían impredecibles y devastadoras.
En resumen, aunque se pueden prever los inicios de las guerras, sus desenlaces son inciertos y dependen de múltiples factores geopolíticos.

