La República Dominicana ha enfrentado en las últimas dos décadas una crisis de valores y una notable pérdida de la esencia de la dominicanidad.
Este fenómeno se manifiesta en el comportamiento de la población, afectando tanto a las clases más desfavorecidas como a la burguesía.
En comparación con los dominicanos de los años 80 y 90, que eran conocidos por su buena voluntad y su carácter servicial, la situación actual es preocupante.
La alegría, un rasgo distintivo de la idiosincrasia dominicana, ha sido opacada por un cambio negativo en la conducta social.
El fenómeno del tigueraje se ha apoderado de las calles, desafiando a las autoridades y afectando a quienes, por desgracia, se convierten en víctimas de esta realidad.
Los delincuentes han dejado de respetar incluso los códigos no escritos de sus propios barrios.
La inseguridad y sus consecuencias
Los motoristas han tomado el control de las vías, ignorando las señales de tránsito y desafiando a los agentes de la DIGESETT.
Muchos de ellos circulan sin licencias y sin seguros, lo que agrava aún más la situación de inseguridad en el país.
Un caso trágico que resalta esta problemática es la muerte del chofer de un camión de basura en Santiago, asesinado por un grupo de motoristas.
Este tipo de incidentes se ha vuelto común, generando un clima de temor entre la población.
La política también ha sido afectada, ya que muchos buscan el poder no para servir al país, sino para beneficiarse a sí mismos.
La nueva generación de políticos parece estar más interesada en el clientelismo y el nepotismo que en el bienestar de la democracia.
El miedo a denunciar
Una experiencia reciente en Villa Duarte ilustra el miedo que sienten los ciudadanos. Un amigo fue asaltado por delincuentes que conocía de su barrio, lo que lo llevó a reflexionar sobre la difícil situación que enfrentan muchos dominicanos.
A pesar de ofrecerle asistencia legal, mi amigo prefirió no actuar, temiendo las posibles repercusiones.
Esta decisión resalta la impotencia que sienten muchos ante un sistema de justicia que a menudo no protege a las víctimas.
La combinación de la inseguridad, la corrupción y el miedo a represalias ha creado un ambiente donde la denuncia se convierte en un acto de alto riesgo, dejando a muchos a merced de la delincuencia.

