El sistema financiero moderno enfrenta el reto de innovar sin comprometer la estabilidad, integridad y confianza. A medida que la tecnología avanza rápidamente, la regulación debe adaptarse para no frenar los beneficios de la innovación. La clave no es si regular, sino cómo hacerlo de manera efectiva.
En este contexto, se destacan tres ideas fundamentales: la inclusión financiera debe ir acompañada de ciudadanía financiera, la digitalización es esencial para este proceso y es necesario un marco regulatorio que evolucione con el cambio, lo que se conoce como regulación ágil.
La regulación ágil no implica reducir la prudencia ni regular en exceso, sino fortalecer la capacidad institucional para responder a los cambios. Este enfoque promueve marcos flexibles que se adaptan a la incertidumbre tecnológica, convirtiendo la regulación en una herramienta dinámica de aprendizaje.
Para implementar esta regulación ágil, se requieren cuatro capacidades clave. La primera es escuchar, ya que la innovación surge en el mercado, lo que hace vital el diálogo entre reguladores, entidades financieras, emprendedores fintech y usuarios para anticipar tendencias y riesgos.
La segunda capacidad es experimentar, permitiendo la realización de pilotos controlados que recopilen evidencia y ajusten gradualmente las respuestas regulatorias. La tercera es regular con proporcionalidad, diferenciando riesgos y ajustando la supervisión según el impacto, lo que crea un ambiente seguro para la innovación.
Finalmente, el aprendizaje continuo es esencial. Con tecnologías como la inteligencia artificial y esquemas de finanzas abiertas, la capacidad de adaptarse rápidamente se convierte en una ventaja institucional significativa.
La regulación ágil no significa abandonar los estándares internacionales; en cambio, facilita su adopción ordenada y sostenible. Este enfoque se alinea con la evolución hacia los principios de Basilea III, que buscan fortalecer la resiliencia de las entidades financieras mediante una mejor gestión de riesgos y mayores estándares de liquidez.
República Dominicana avanza en la implementación de este modelo con iniciativas como onboarding digital, cuentas básicas y un HUB de Innovación Financiera. Estas acciones, junto con la transición a una supervisión basada en riesgos, refuerzan la resiliencia y confianza en el sistema financiero.
El objetivo de la regulación ágil es garantizar que las personas se beneficien de la innovación de manera segura. Cada vez que se abre una cuenta desde un móvil o una microempresa accede a financiamiento, se evidencia el impacto positivo de este enfoque. Adaptarse sin sacrificar la estabilidad es el verdadero reto regulatorio.

