En 1961, un grupo de estudiantes de once años llegó al Liceo Juan P. Duarte, en Santo Domingo, en un contexto de cambios y tensiones sociales. Entre ellos estaban Luis Taveras Lucas, Heriberto Rodríguez Bonet y Julio César Defilló, quienes compartieron experiencias memorables en un liceo que no solo impartía educación, sino que también forjaba ciudadanos. La llegada al liceo era un ritual lleno de adrenalina, donde la lucha por los asientos en la guagua Leyland se convertía en una aventura diaria.
El trayecto hacia el liceo era un recorrido emblemático que incluía la Avenida Duarte, donde los estudiantes disfrutaban de la brisa mientras evitaban las ramas de los árboles. Al llegar, eran recibidos por la imponente figura de Don Virgilio y su hermano José María, conocidos como los «Hermanos Travieso Soto», quienes imponían disciplina con firmeza. Su presencia era un recordatorio constante de la importancia del orden y el respeto en el ambiente escolar.
El Liceo Duarte era considerado el corazón intelectual del país, con maestros legendarios que dejaron una huella imborrable. Figuras como Zoraida de la Mota y Carlos Larrazábal Blanco no solo enseñaban materias, sino que también inspiraban a los estudiantes a pensar críticamente. Sin embargo, el miedo a las reprimendas de los hermanos Travieso era palpable, ya que su método de disciplina incluía el uso de reglas de madera que aseguraban el respeto en los pasillos.
Un espacio de aprendizaje y socialización
El Play de La Normal, conocido como Osvaldo Virgil, servía como un termómetro social, reflejando la tranquilidad de la ciudad a través del deporte. En los años 50, este lugar fue el centro de entrenamiento del Servicio Militar Obligatorio, y en los 60 se convirtió en un símbolo de modernidad. Los estudiantes tenían el privilegio de ver a destacados atletas entrenar en la única pista de atletismo de la ciudad.
Con el tiempo, la ciudad experimentó cambios significativos. Las guaguas de dos pisos fueron reemplazadas por otros medios de transporte, y el bulevar de la Duarte se transformó en un espacio más caótico. Durante esos años convulsos, la educación se tornó un acto de supervivencia, con clases suspendidas por razones de seguridad. Muchos padres optaron por trasladar a sus hijos a otros centros educativos debido a la creciente violencia política.
A pesar de las dificultades, la figura de Don Virgilio y su hermano se mantenía presente en la memoria de los estudiantes. Años después, el destino los reunió nuevamente en el Auditorio Eugenio María de Hostos, donde continuaron impartiendo valores de disciplina y respeto. La enseñanza que recibieron en el liceo perduró, recordándoles que, incluso en tiempos difíciles, esos principios son la brújula que guía la vida.
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