La envidia y la impunidad están afectando la vida pública en el país, generando un vacío en la capacidad de reconocer el bien ajeno y actuar en favor del bien común. Esta situación se agrava con la falta de respeto hacia la ciudadanía por parte de políticos y funcionarios, quienes, a través de discursos engañosos, distorsionan la realidad y desestiman cualquier reclamo. La impunidad ha llevado a estos actores a actuar sin temor, incluso ante las Altas Cortes, donde antiguos socios de sus emporios justifican lo injustificable.
En este contexto, el pueblo parece estar en sus últimos estertores, con esperanzas de cambio que se desvanecen rápidamente. Los líderes políticos, al ignorar esta realidad, están empujando al país hacia un posible descalabro social, donde la reacción del pueblo podría ser brusca ante el desprecio que perciben en las acciones de sus gobernantes. Los intereses personales y de sus clanes prevalecen sobre el bienestar común.
Desconfianza y abstención electoral
La creciente abstención en las elecciones generales es un reflejo de esta desconfianza. Muchos jóvenes se alejan de las urnas debido al clientelismo y la corrupción, que han debilitado el sentido de nación y erosionado el patriotismo. Este distanciamiento no es indiferencia, sino una respuesta a la pérdida de confianza en un sistema que contradice el bien común.
El derecho al voto pierde su significado cuando quienes buscan representar a la ciudadanía no encarnan sus mejores valores. En cambio, se convierten en exponentes de los vicios que han afectado históricamente a la sociedad. La promoción de prácticas corruptas y el uso clientelar del erario son ejemplos de esta degradación.
Ante esta situación, la abstención electoral se convierte en una consecuencia lógica de una política que ha vaciado de credibilidad el acto de elegir. La falta de compromiso con el bien común y la prevalencia de intereses personales han llevado a que la ciudadanía pierda la fe en sus representantes.

