Keiko Fujimori se encuentra nuevamente en la contienda por la presidencia de Perú, tras tres intentos fallidos. La líder de Fuerza Popular se enfrenta en 2026 a una oportunidad significativa para alcanzar su objetivo, en un país marcado por la polarización política.
Actualmente, Fujimori mantiene una estrecha ventaja sobre Roberto Sánchez en una segunda vuelta caracterizada por la incertidumbre y un conteo de votos ajustado. Más allá del resultado final en la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), la contienda ha puesto de manifiesto la división persistente en la política peruana.
Trayectoria y estrategia de campaña
La trayectoria de Keiko Fujimori ha sido una muestra de resiliencia. A pesar de las derrotas electorales, investigaciones judiciales y cuestionamientos constantes, ha logrado mantenerse como una de las figuras más influyentes en el ámbito político nacional, en contraste con la desaparición de otros líderes y partidos.
Durante esta campaña, Fujimori optó por un tono más moderado, enfocando su discurso en la seguridad ciudadana, la recuperación económica y la estabilidad institucional. Su mensaje busca resonar con una ciudadanía cansada de la crisis política y preocupada por el aumento de la delincuencia y el estancamiento económico.
No obstante, el apellido Fujimori sigue siendo un factor divisorio. Para sus seguidores, representa experiencia y capacidad de gestión; para sus detractores, simboliza un pasado controvertido. Esta dualidad explica su sólida base electoral, así como los altos niveles de rechazo que enfrenta.
Desafíos futuros
Las elecciones de 2026 reflejan esta polarización, con una diferencia mínima entre ambos candidatos que revela un Perú dividido en proyectos políticos y visiones opuestas. En este contexto, la posible llegada de Fujimori al poder no significaría el fin de las tensiones, sino el inicio de un desafío aún mayor.
Si es proclamada presidenta, su principal tarea será construir consensos en una nación fragmentada. La verdadera prueba para Keiko Fujimori no será solo ganar la elección, sino demostrar su capacidad para gobernar en un país que continúa dividido casi por la mitad.

