Japón, ubicado en una de las zonas sísmicas más activas del mundo, ha desarrollado un modelo efectivo para mitigar daños humanos y materiales por terremotos, perfeccionando normativas inmobiliarias tras tragedias como la de Venezuela, donde dos sismos causaron al menos 3,800 muertes. Este país, asentado sobre el Anillo de Fuego, experimenta aproximadamente una décima parte de todos los terremotos globales, lo que ha llevado a la implementación de edificaciones con estructuras reforzadas y tecnologías de aislamiento de base.
La arquitectura sismorresistente en Japón no busca que los edificios permanezcan rígidos durante los temblores, sino que disipan la energía balanceándose para evitar colapsos. Las normas de construcción fueron revisadas en los años 80, aunque los edificios construidos antes de 1981 no cumplen con los criterios actuales. Desde 1981, se establecieron estándares más estrictos que exigen que las construcciones posteriores a esa fecha resistan terremotos de gran magnitud sin sufrir daños estructurales significativos.
Normativas y avances en construcción
La enmienda a las normas de construcción resistentes a los sismos surgió tras el terremoto de Miyagi en 1978, marcando un hito en la creación de entornos urbanos más seguros. La filosofía del diseño cambió de fortalecer la estructura a flexibilizarla y absorber la energía, además de establecer una supervisión más rigurosa en la construcción.
Desde el terremoto de Kobe en 1995, que dejó más de 6,400 fallecidos, el número de edificios con aislamiento sísmico ha aumentado constantemente, aplicándose a oficinas, hospitales y viviendas. Expertos han identificado los beneficios de estas construcciones en los seísmos de gran magnitud que ha experimentado Japón.
A pesar de estos avances, el sector enfrentó un escándalo en 2005 cuando el arquitecto Hidetsugu Aneha admitió haber falsificado cálculos de resistencia estructural en varios edificios. El profesor emérito de sismología de la Universidad de Tokio, Robert Geller, afirmó que los edificios construidos después de 1981 han mostrado un buen comportamiento estructural, con escasa corrupción en el sector.
Sin embargo, los terremotos de Noto en 2024 y Kumamoto en 2016 causaron 720 y 273 muertes, respectivamente, evidenciando vacíos en los requisitos de construcción. Mineo Takayama, profesor de la Universidad de Fukuoka, destacó que los edificios sismorresistentes protegieron a los residentes, aunque sufrieron daños como fisuras en muros.
Geller advirtió que el problema radicó en edificios antiguos que no fueron demolidos o reforzados adecuadamente, a pesar de las advertencias sobre un posible terremoto de magnitud 9 en la fosa de Nankai. Con el conocimiento científico actual, concluyó que Japón es un país propenso a terremotos que pueden ocurrir en cualquier lugar y momento sin aviso previo.

