El reciente despliegue de tropas salvadoreñas en Haití no solo busca rescatar a cuatro aerotécnicos, sino que revela una de las farsas geopolíticas más perversas de la historia moderna. Mientras las cancillerías del mundo optan por la inacción, Nayib Bukele expone que la crisis haitiana es un negocio lucrativo para una mafia transnacional.
Durante décadas, el sufrimiento del pueblo haitiano ha sido manejado por una mafia de cuello blanco, donde élites económicas locales y redes de organismos internacionales y ONGs han convertido la miseria en su fuente de financiamiento. Para esta burocracia, la paz representa una amenaza; la inestabilidad es su activo y el dolor humano, su justificación presupuestaria. Millones de dólares se pierden en viáticos y consultorías de una maquinaria que necesita el caos para justificar su existencia.
La valentía de Bukele
Frente a esta quiebra moral, Bukele toma una decisión audaz. Impulsado por una fe cristiana inquebrantable, envía a sus soldados a enfrentar a los criminales en territorio haitiano, demostrando una grandeza histórica. Su mensaje para las bandas es claro: el mismo destino que sufrieron los pandilleros de El Salvador les espera a ellos; sus cabecillas y sicarios compartirán las mismas celdas de máxima seguridad.
Esta intervención, financiada en un 90% con recursos salvadoreños y sin los costos de la ONU, marca una ruptura significativa. Al abordar el conflicto desde una convicción moral, el liderazgo salvadoreño pone de manifiesto la cobardía de las potencias que se beneficiaban de la tragedia.
Un desafío a la burocracia internacional
El desafío está planteado. Si un país modesto, guiado por determinación y fe, logra erradicar el terrorismo criminal donde la burocracia internacional ha fracasado, la legitimidad del viejo orden global podría quedar en entredicho. La intervención salvadoreña en Haití podría redefinir el enfoque hacia la crisis y sus actores.

