En las democracias modernas, la fortaleza de un país no depende únicamente de quién lo gobierna, sino de la solidez de sus instituciones.
En la República Dominicana, persiste una pregunta crucial: ¿estamos realmente fortaleciendo nuestras instituciones o seguimos dependiendo demasiado de las personas en el poder?
Esta distinción es fundamental. Las instituciones están diseñadas para garantizar el funcionamiento del Estado, independientemente de quién esté en el cargo.
Se basan en reglas, procesos y estructuras que promueven la continuidad, la transparencia y la estabilidad.
Por otro lado, cuando el poder se personaliza, el sistema depende más de la voluntad y el estilo de un líder que de los mecanismos institucionales establecidos.
Esta situación puede generar inestabilidad y desconfianza en la ciudadanía.
Ejemplos en la historia dominicana
La historia de la República Dominicana presenta ejemplos de ambos modelos. Se han logrado avances en transparencia y modernización del Estado, así como en el fortalecimiento de organismos de control.
Sin embargo, persiste una cultura política donde muchas decisiones clave parecen depender más del liderazgo personal que del funcionamiento institucional.
Esto se manifiesta en prácticas comunes, como instituciones que cambian su ritmo según quién las dirija.
Además, las políticas públicas suelen transformarse con cada nueva administración, lo que genera incertidumbre en la ciudadanía.
El problema radica en que las personas son efímeras, pero las instituciones deberían ser permanentes.
Si el funcionamiento del Estado depende excesivamente de liderazgos individuales, el país corre el riesgo de avanzar y retroceder con cada cambio político.
El verdadero desafío
Las democracias más estables no se sostienen por líderes excepcionales, sino por instituciones que operan de manera efectiva, incluso en ausencia de líderes destacados.
Por lo tanto, el verdadero desafío de la República Dominicana va más allá de elegir buenos gobernantes.
Es necesario construir un Estado donde las reglas sean más fuertes que las personas. Esto implica asegurar la continuidad de las políticas públicas y lograr que el poder esté institucionalizado, en lugar de depender de figuras individuales.
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