El conflicto bélico entre Estados Unidos e Irán, en el que también participa Israel, parece no tener un claro ganador.
A pesar de las posturas defendidas por cada parte, la realidad es que la verdad suele ser la primera víctima en tiempos de guerra.
Ganar en el campo de batalla no siempre se traduce en una victoria mediática.
Una guerra es, en esencia, la continuación de la política por otros medios. Si los objetivos políticos que justificaron el inicio del conflicto no se logran, se puede considerar una derrota estratégica.
En este caso, el ataque inicial de Estados Unidos a Irán buscaba derrocar a la República Islámica y promover un cambio de régimen, metas que hasta ahora no se han alcanzado.
Donald Trump, en este contexto, ha enfrentado una significativa derrota estratégica. Además, sus aliados han permanecido a la espera, observando cómo un conflicto que podría haberse resuelto mediante la diplomacia se ha escalado a la fuerza militar.
Un aliado notable que ha expresado su desaprobación es España, a través de su presidente, Pedro Sánchez.
El papel de la República Dominicana
El gobierno dominicano ha adoptado una postura interesante en este conflicto. El presidente Luis Abinader mostró su apoyo a Donald Trump en el evento “Escudo de las Américas” el pasado 7 de marzo.
Sin embargo, también envió al Ministro de Justicia, Antoliano Peralta, a respaldar la IV reunión “En defensa de la Democracia”, organizada por Sánchez.
Esta dualidad en la postura dominicana refleja la complejidad de sus intereses. Aunque Estados Unidos es considerado un socio preferencial, no se puede ignorar que España fue el país que más inversión extranjera directa realizó en la República Dominicana el año pasado, superando los mil millones de dólares.
La estrategia dominicana parece ser clara: mantener relaciones con ambos países cuando sea beneficioso para el Estado.
Así, se plantea la pregunta: ¿con Dios y con el Diablo? La respuesta parece depender de lo que convenga a la República Dominicana en cada momento.

