Durante un discurso emotivo, Ramón Leonardo expresó que su presencia se debe a un llamado divino, recordando que Dios escucha el clamor del pueblo dominicano por justicia. En su intervención, hizo un paralelo con el sufrimiento del pueblo egipcio, afirmando que Dios ha estado atento a las necesidades de la nación durante los últimos 30 años.
Leonardo denunció la situación de la soberanía nacional, señalando que la migración descontrolada, impulsada por intereses extranjeros y oligarquías locales, está debilitando la esencia de la República. Afirmó que la soberanía no se negocia, sino que se defiende, y criticó las violaciones a la Constitución que dejan al pueblo indefenso.
El orador también abordó la problemática de la informalidad laboral y los bajos salarios, destacando el alto costo de la vida y el despilfarro del gasto público. Según sus palabras, solo el 12% del presupuesto se destina a inversión, mientras que un millón de familias viven en condiciones precarias.
Asimismo, Leonardo acusó a la República de convertirse en refugio de narcotraficantes, empresarios haitianos y políticos corruptos, y criticó la aparente comodidad del presidente en medio de esta corrupción. Sin embargo, reafirmó que Dios escucha el clamor del pueblo dominicano.
Un llamado a la acción
Leonardo enfatizó que no solo habla en nombre de un partido, sino como representante de un pueblo cristiano que ha heredado una rica historia. Recordó que el nombre Dominicana proviene del latín «Dominicus», que significa «Señor», y que la nación está bajo el amparo del Altísimo.
Destacó que la República Dominicana nació marcada por la fe y la defensa de la dignidad humana, y que a lo largo de las generaciones, los dominicanos han sabido levantarse ante la opresión. Su mensaje fue claro: el escudo nacional no es solo un símbolo, sino un mandato que refleja la fe del pueblo.
Leonardo hizo un llamado directo al presidente, pidiéndole que se haga a un lado y convoque elecciones anticipadas para la presidencia y vicepresidencia. Cuestionó si el presidente ignoraría el clamor del pueblo, sugiriendo que tal decisión podría acarrear consecuencias graves.
Concluyó su discurso instando a que se escuche la voz del pueblo y la voz de Dios, afirmando que cuando el pueblo clama, el cielo responde. Afirmó que ha llegado el momento de juicio y restauración, y que la voluntad de Dios y del pueblo no puede seguir siendo ignorada.

