En 1946, el líder colombiano Jorge Eliécer Gaitán pronunció una conferencia en el Teatro Municipal de Bogotá, donde reflexionó sobre la ceguera voluntaria y el miedo al cambio en la sociedad. Gaitán afirmaba que “Parece que a este nuestro pueblo, al igual del personaje de Poe, lo ha invadido la irremediable cobardía de no abrir los ojos”. Esta reflexión resuena con el lema del Papa León XIV en su reciente viaje a España, que invita a “alzar la mirada”.
Ambos enunciados sugieren un cambio en la forma de ver el mundo, más allá de simplemente abrir los ojos. Se trata de fomentar una actitud consciente que permita contemplar lo que antes no se veía, promoviendo así un renacer de la percepción crítica.
El cantautor español Joaquín Sabina también ha abordado esta idea, al expresar la importancia de tener “ojos, oídos y cabeza para ver las cosas que están pasando”. Este enfoque invita a adoptar una perspectiva crítica y una conciencia activa, transformando la realidad en lugar de resignarse a una visión superficial.
Es fundamental no vivir solo mirando al suelo, atrapados en preocupaciones y lamentaciones. Alzar la mirada permite reconocer las fragilidades en un mundo complejo y ofrece la oportunidad de apuntar hacia el cambio.
La urgencia de alzar la mirada se hace evidente ante la prisa que convierte a otros en seres invisibles. Es necesario detenerse a mirar a los demás, sin distracciones tecnológicas, y escuchar activamente para comprender sus emociones y necesidades.
Levantar la mirada se presenta como un antídoto contra la parálisis emocional y social. Implica salir del pesimismo y asumir un compromiso activo para transformar la realidad, pasando de la contemplación pasiva a la acción urgente.
Es un llamado a recuperar la empatía y la solidaridad en un contexto de individualismo y fatalismo, que fraccionan y excluyen. Alzar la mirada es también buscar consensos en una humanidad fragmentada, evitando caer en la trampa de señalar culpables en lugar de trabajar juntos por soluciones.
Además, alzar la mirada implica no perder la capacidad de asombro ante el sufrimiento ajeno, especialmente en situaciones de violencia que afectan la dignidad humana. Es un imperativo ético no normalizar el dolor de los demás ni tratarlo como simples estadísticas.
Finalmente, alzar la mirada se convierte en un llamado a la acción frente a la crisis climática y la degradación ambiental, así como a la seguridad vial, recordando que detrás de cada cifra de accidentes hay historias y familias afectadas. Este es un emplazamiento a la resiliencia y la autoconfianza, que invita a caminar con esperanza en la búsqueda de un mundo mejor.
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