Un nuevo brote de hantavirus ha surgido en el crucero Hondius, que partió de Ushuaia y está relacionado con una pareja de neerlandeses que viajó por Argentina, reavivando la atención sobre Epuyén, un pequeño pueblo de la Patagonia argentina. Este lugar, de 2,400 habitantes, fue escenario de un brote anterior que dejó 34 casos y 11 muertes entre diciembre de 2018 y marzo de 2019.
Mailén Valle, quien perdió a su padre y dos hermanas durante ese brote, recuerda con dolor cómo su familia quedó devastada en cuestión de días. «Nadie estaba preparado para ver cómo en cuestión de días una mesa familiar quedaba vacía», expresa Mailén, quien ha preparado un texto para poder hablar sobre su experiencia sin quebrarse.
Impacto del hantavirus en la comunidad
El padre de Mailén, Aldo Valle, se enfermó tras asistir a un cumpleaños en el pueblo, donde el hantavirus es endémico. Ella relata que la persona infectada estuvo en la misma mesa que su padre, lo que desencadenó varios contagios y muertes. El velorio de Aldo también se convirtió en un foco de propagación, y poco después, sus hijas enfermaron.
El hantavirus Andes se transmite a través del contacto con orina, heces o saliva de roedores infectados, siendo el ratón colilargo el vector en la región. Jorge Díaz, epidemiólogo de la Secretaría de Salud de Chubut, señala que en 2018 había poco conocimiento sobre la enfermedad, aunque se había confirmado la transmisión interhumana en años anteriores.
Durante el brote de 2018, un centenar de personas fueron sometidas a aislamiento obligatorio, una medida que anticipó las restricciones de la pandemia de covid-19. «Se implementó la cuarentena, que obligó a los contactos de una persona positiva a aislarse por 45 días», explica Díaz, quien destaca que este enfoque marcó un cambio en la respuesta epidemiológica ante el hantavirus.
Estigmas y resiliencia
Los habitantes de Epuyén han aprendido a convivir con el virus, tomando precauciones como ventilar espacios y limpiar con desinfectantes. Sin embargo, el brote anterior dejó un estigma en la comunidad, donde algunos pobladores enfrentaron discriminación en otros pueblos. Mailén recuerda cómo se sentían marginados por ser parte de la comunidad afectada.
Isabel Díaz, otra residente que vivió la tragedia, comparte que su padre fue señalado como el «paciente cero», un rótulo que su familia considera injusto. «A mi papá lo miraban mal. No tiene culpa de haberse enfermado», dice Isabel, quien también contrajo el virus y perdió a su madre en el brote.
Desde entonces, la comunidad ha enfrentado la pandemia de covid-19 y dos incendios forestales consecutivos que han cambiado el paisaje de la zona. Víctor Díaz, conocido como el «caso cero», ha sobrevivido a múltiples adversidades y continúa trabajando en su terreno, donde ha tenido que lidiar con los estragos del fuego.
La experiencia del hantavirus ha dejado una huella profunda en los sobrevivientes, quienes recuerdan los síntomas debilitantes y el impacto emocional de la enfermedad. «A nosotros no nos van a contar lo que es vivir la vida y seguir adelante», concluye Isabel, reflejando la resiliencia de su comunidad ante las adversidades.
Te puede interesar...
