República Dominicana ha sido considerada un “caso de éxito” económico en América Latina, con un crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto y una expansión en sectores como el turismo. Sin embargo, este crecimiento no ha logrado traducirse en un desarrollo social justo y sostenible, dejando a más del 40% de los trabajadores en la informalidad y con salarios que no cubren el costo de la canasta básica.
Desde 1996, las reformas impulsadas por el expresidente Leonel Fernández han alineado al país con un modelo neoliberal que ha generado crecimiento, pero también ha creado una estructura desigual. A pesar de las altas tasas de crecimiento económico, la inflación ha mermado el poder adquisitivo de los dominicanos, lo que ha llevado a millones a trabajar sin avanzar en su calidad de vida.
Desafíos en vivienda y educación
El déficit habitacional en el país supera el millón de viviendas, mientras que los grandes proyectos inmobiliarios no benefician a la clase pobre, que carece de acceso a hogares dignos. La vivienda se ha convertido en un privilegio, no en un derecho.
En el ámbito educativo, aunque se destina el 4% del PIB, el sistema presenta deficiencias significativas, como un bajo rendimiento en evaluaciones internacionales y una marcada desigualdad entre la educación pública y privada. Esto ha resultado en una falta de formación competitiva para los jóvenes.
La privatización progresiva del Estado ha llevado a que derechos fundamentales, como la salud y la educación, dependan del poder adquisitivo de los ciudadanos. Esto se traduce en una salud pública insuficiente que obliga a muchos a recurrir a clínicas privadas y en una educación pública débil que requiere pagos en colegios.
Instituciones y dependencia económica
El deterioro institucional es evidente en la Policía Nacional, el Ministerio de Educación y el Sistema de Salud Pública, que no logran satisfacer las necesidades de la población. Cuando las instituciones fallan, los ciudadanos quedan desprotegidos y vulnerables.
La economía dominicana se ha vuelto dependiente del turismo, las remesas y la inversión extranjera, mientras que la producción nacional se debilita y la desigualdad persiste. El crecimiento económico se concentra en manos de unos pocos, sin una distribución equitativa.
Con la llegada del PRM al poder, se prometió un cambio en el modelo económico, pero la continuidad de las mismas políticas ha prevalecido. Esto ha resultado en una privatización reforzada y un Estado que no satisface las necesidades básicas de la población.
La realidad es que los dominicanos no viven de estadísticas, sino de su capacidad de sobrevivir, la cual se ha visto afectada. El país no enfrenta una crisis de crecimiento, sino una crisis de modelo, con consecuencias visibles como la desigualdad y la falta de oportunidades.
Mientras el país continúe apostando por un crecimiento que no transforma la realidad social, seguirá atrapado en una situación de números positivos y una población que no avanza.
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