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El fanatismo impide el diálogo y fragmenta la sociedad dominicana

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En la sociedad dominicana, el fanatismo está dificultando el diálogo y fragmentando la convivencia. Cada vez es más complicado debatir o disentir sin que las conversaciones terminen en confrontaciones, ya que se escucha para defender posturas ya decididas. Este fenómeno se manifiesta en la política, donde las lealtades ciegas predominan sobre el análisis crítico.

El problema surge cuando las posiciones firmes se convierten en dogmas, dando lugar al fanatismo. Un fanático no dialoga ni analiza; simplemente defiende y ataca. Esto hace que cualquier intento de conversación esté destinado al fracaso, pues ya existe una conclusión previa que no se cuestiona.

La política, que debería ser el espacio natural para el debate, se ha transformado en un terreno donde se valida a quienes pertenecen a «mi lado» y se descalifica a los del otro. Esta lógica no contribuye a la construcción del país, sino que lo fragmenta, como se observa en los debates públicos donde las propuestas son juzgadas por quién las presenta, no por su contenido.

El impacto del fanatismo en la sociedad

El fanatismo no es exclusivo de un partido o sector; está presente en redes sociales, barrios y medios de comunicación. Reconocer su existencia es difícil, pues implica aceptar que todos, en algún momento, hemos dejado de escuchar. Esta simplificación de la realidad a buenos y malos no favorece la construcción de un país.

Sin diálogo, la democracia se convierte en una imposición disfrazada de mayoría o en resistencia disfrazada de victimismo. En ambos casos, la ciudadanía es la que sufre las consecuencias, mientras los problemas persisten sin solución. Existen liderazgos que prefieren seguidores obedientes a ciudadanos críticos, lo que no es casualidad.

La pregunta que surge es: ¿de qué sirve tener la razón si no se puede convencer a nadie? El diálogo debe ser visto como una estrategia, la única forma de transformar diferencias en acuerdos y conflictos en soluciones. Sin embargo, no todos los que hablan de diálogo están realmente interesados en él; algunos buscan ganar tiempo o evitar conflictos.

Cuando el fanatismo entra en escena, el diálogo no se extingue lentamente, sino que muere de inmediato. Un país sin diálogo no se desmorona de un día para otro; se desgasta en discusiones estériles mientras los problemas se agravan. La pregunta es si estamos dispuestos a seguir pagando el precio de no saber escucharnos.

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