Donald Trump ha enfrentado tres atentados en los últimos dos años, una cifra sin precedentes en la historia moderna de Estados Unidos.
Este fenómeno resalta la persistente sombra del magnicidio en la política estadounidense, que ha sido parte de su historia desde hace casi dos siglos.
Recientemente, un hombre disparó fuera de la cena de gala de corresponsales de la Casa Blanca, donde Trump se encontraba presente.
El autor, Cole Allen, de 31 años, fue detenido por el Servicio Secreto y el presidente resultó ileso.
El 13 de julio de 2024, Trump sufrió un atentado durante un mitin en Butler, Pensilvania. Aunque recibió una herida en la oreja derecha, un ciudadano perdió la vida y otro resultó herido.
El atacante, Thomas Matthew Crooks, fue abatido en el acto.
Intentos de atentado en diferentes ocasiones
Dos meses después, el 15 de septiembre, Trump sobrevivió a otro intento mientras jugaba al golf en Florida.
Un hombre armado fue detectado en el área, pero logró huir antes de que se produjera el tiroteo.
Posteriormente, Ryan Routh, de 58 años, fue arrestado.
El 12 de octubre del mismo año, Vem Miller, de 49 años, fue detenido en un mitin de Trump en Coachella, California.
A pesar de ser liberado bajo fianza, negó cualquier intención de atentar contra el expresidente.
La historia de violencia política en EE. UU. incluye el asesinato de cuatro presidentes en ejercicio: Abraham Lincoln, James A.
Garfield, William McKinley y John F. Kennedy. Según los Archivos Nacionales, uno de cada nueve presidentes ha sido víctima de un agresor.
Un contexto de violencia política
Desde 1865, se han registrado intentos de magnicidio contra uno de cada cuatro presidentes. Theodore Roosevelt y Ronald Reagan son ejemplos de líderes que sobrevivieron a atentados.
La violencia política ha sido una constante en la historia del país.
La proliferación de armas y la polarización política son factores que aumentan el riesgo para los dirigentes en EE.
UU. Este contexto ha llevado a la creación de un sistema de protección presidencial, que se originó tras el asesinato de McKinley.
La situación actual pone de manifiesto la necesidad de reflexionar sobre la seguridad de los líderes y la salud del sistema democrático en el país.
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