Una joven delgada llegó a la consulta acompañada por dos adolescentes. Las chicas, con sus trajes cuidadosamente elegidos y el cabello recogido con lazos rosados, contrastaban con la madre, que lucía agotada y apresurada.
En sus manos se podía sentir el amor con el que sostenía a sus hijas.
Este momento evoca una sensación de desprotección familiar: la de quienes cuidan sin recibir cuidado a cambio.
Es una realidad que muchas enfrentan, donde el amor se manifiesta en el cuidado constante, a veces hasta el agotamiento o la enfermedad.
Surge la pregunta: ¿se ama porque se cuida, o se cuida porque se ama?
Hoy, una de esas hijas, ya convertida en mujer, se sienta frente a mí. Reconocemos que no somos perfectas; somos humanas.
En ocasiones, el vacío nos invade, y nos sentimos rotas o fracasadas, como si nada funcionara.
La carga de cuidar
A pesar de las dificultades, muchas de nosotras seguimos intentando sostenerlo todo. La presión de ser fuertes y de cuidar de los demás puede ser abrumadora.
Nadie está exenta de caer.
Además, persiste la idea de que las mujeres pueden con todo, que cuidar es algo natural e inagotable.
Sin embargo, ante la adversidad, surge la necesidad de abrazar y contener a quienes nos rodean.
Quiero protegerte y asegurarte que, aunque no lo sientas, todo volverá a estar bien. Pero también deseo que no tengas que llegar a este punto para ser sostenida.
No estás sola; un grupo de mujeres está aquí para apoyarte hasta que puedas ver tu luz y retomar tu camino.
El poder del amor que cuida
Sostener debería ser un acto compartido. Está bien pedir ayuda, dejarse cuidar y descansar. Más allá de los medicamentos, quiero ofrecerte un amor que cuida, que sostiene y que no juzga.
Un amor que acompaña el dolor del alma.
Desde siempre y hasta el infinito, estaré aquí para ti. Que la energía que te habita siga latiendo en silencio, hasta que puedas volver a oírla.
Hoy quiero abrazarte hasta que deje de doler.
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