El expresidente de Birmania, Win Myint, ha sido indultado en el marco de una amnistía general, una semana después de que Min Aung Hlaing asumiera la presidencia.
Este gesto se produce tras un proceso electoral que ha sido objeto de críticas internacionales.
Win Myint, quien ocupó el cargo desde 2018, actuó bajo la sombra de la exlíder Aung San Suu Kyi, actualmente detenida.
Su estado de salud ha sido confirmado como «bueno» por Myo Nyunt, portavoz de su partido, la Liga Nacional para la Democracia.
La amnistía se enmarca en un esfuerzo de «reconstrucción nacional», según un comunicado de la oficina de Min Aung Hlaing. Además, se anunció que las penas de muerte serían conmutadas a cadena perpetua para todos los condenados.
Contexto del indulto y la situación en Birmania
La junta militar, liderada por Min Aung Hlaing, tomó el poder en un golpe de Estado en febrero de 2021.
Desde entonces, las ejecuciones se han reanudado, con el objetivo de silenciar a los disidentes, según organizaciones de derechos humanos.
Hasta el año siguiente, más de 130 personas habían sido condenadas a muerte, aunque las cifras exactas son difíciles de obtener debido al sistema judicial opaco del país.
Se espera que más de 4.300 presos, junto a cerca de 180 ciudadanos extranjeros, sean liberados.
Fuera de la prisión de Insein, en Rangún, familiares aguardaban noticias sobre sus seres queridos.
Aung Htet Naing, de 38 años, expresó su preocupación por su hermano, encarcelado por motivos políticos, y su desconfianza ante las amnistías.
Reacciones y críticas
La periodista Shin Daewe, quien fue condenada a cadena perpetua, también ha sido liberada. Ella expresó su alegría por reunirse con su familia, aunque lamentó la situación de otros compañeros aún encarcelados.
Desde el golpe de Estado, más de 30.000 personas han sido encarceladas por motivos políticos, según la Asociación de ayuda a los presos políticos.
Aung San Suu Kyi, la figura más emblemática de la oposición, continúa cumpliendo una condena de 27 años en un lugar desconocido.
Min Aung Hlaing, tras cinco años como jefe de las fuerzas armadas, asumió la presidencia en un movimiento que algunos observadores consideran un intento de mejorar la imagen del régimen militar.
Sin embargo, críticos argumentan que estas medidas son superficiales y no abordan la represión real en el país.
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