A veces no nos falta capacidad, sino que nos sobran justificaciones. Muchas personas pasan años afirmando que son tímidas, que no tienen experiencia o que no están hechas para liderar. Sin embargo, es crucial preguntarse en qué momento una característica personal se convierte en una sentencia que limita nuestras oportunidades.
Imagina a alguien capaz de influir y tomar decisiones, pero que, al enfrentar una oportunidad de liderazgo, se excusa diciendo que no está preparado o que le falta carácter. La pregunta es si realmente no está listo o si prefiere seguir siendo la persona que dice que no puede.
Reconocer nuestras capacidades implica aceptar la responsabilidad que conllevan. Si admites que puedes liderar, tendrás que desarrollar esa habilidad y asumir las consecuencias de tus decisiones. Del mismo modo, si tienes talento para comunicar, deberás dejar de esconder tus ideas y asumir mayores responsabilidades.
El problema no radica en reconocer que somos tímidos o que enfrentamos dificultades para comunicarnos, sino en convertir esas características en identidades definitivas. Al hacerlo, construimos fronteras con palabras que deberían describirnos, pero que nos limitan.
En su obra «El miedo a la libertad», Erich Fromm menciona que la libertad implica asumir la responsabilidad de nuestra existencia. A menudo, las personas buscan refugio en etiquetas que les permiten evadir esa responsabilidad, aunque a costa de renunciar a su individualidad.
Decir que no somos capaces puede parecer tranquilizador, ya que evita el enfrentamiento con la posibilidad de equivocarnos o de descubrir que podemos hacer mucho más de lo que hemos aceptado. Esta contradicción es difícil de reconocer: pasamos años defendiendo una versión de nosotros mismos que ya no se ajusta a nuestras capacidades.
Es importante cuestionar si estamos examinando nuestras circunstancias para encontrar formas de avanzar o si las estamos utilizando como razones definitivas para no hacerlo. Reconocer que estamos en una etapa difícil no debe llevarnos a convencernos de que nunca seremos capaces.
Pregúntate cuántas oportunidades has descartado antes de intentarlo o cuántas decisiones has postergado buscando una razón para no asumirlas. Si dejaras de utilizar esas limitaciones como excusa, ¿qué responsabilidad tendrías que asumir desde hoy?
La verdad sobre nosotros mismos no siempre es cómoda, pero requiere honestidad. Admitir lo que debemos cambiar o las capacidades que hemos preferido ignorar exige carácter y responsabilidad. El verdadero éxito no solo se mide en logros externos, sino en el reconocimiento de quiénes somos y en el desarrollo de nuestras capacidades.

