Años atrás, los velatorios y entierros eran un punto de encuentro para familiares, amigos y conocidos que se reunían para dar el último adiós a un ser querido. En esos tiempos, se alquilaban sillas y carpas, se ofrecía comida y café, y la gente permanecía hasta el momento de acudir al cementerio al día siguiente, sin importar la clase social del fallecido.
Las lágrimas y los gritos eran parte de la ceremonia, y los velatorios de personas pudientes solían llenarse de asistentes. En estos eventos, si el difunto era famoso, se unían varias salas, se realizaba una misa, se ofrecían cánticos y violines, y se presentaban coronas de flores, con palabras de recordación a cargo de un familiar o amigo cercano.
Sin embargo, en la actualidad, la dinámica ha cambiado drásticamente. Hoy, no hay lágrimas ni llanto; a las once de la noche, los familiares dejan a su ser querido en la morgue de la funeraria y se marchan a casa, como si el dolor pudiera pausarse. La gente ya no siente la necesidad de acudir a la funeraria o al cementerio, argumentando que “lo que no se hizo en vida ya no se hará”.
Los velatorios y entierros se han vuelto más íntimos y discretos, con menos lágrimas y anécdotas. Cada vez más personas planifican su despedida, eligiendo qué flores quieren o pidiendo que no se envíen flores, y algunos optan por la cremación o un velatorio a puerta cerrada.
Muchos sociólogos consideran que esta disminución en la presencia de dolientes en los velatorios tradicionales es una “crisis”, resultado de cambios culturales propios de los tiempos actuales, y no una falta de afecto. La soledad se ha convertido en una tendencia en las despedidas, y muchos prefieren recordar a sus seres queridos con una foto y un mensaje en redes sociales.
Las redes sociales han adquirido un papel importante incluso en la muerte, especialmente para aquellos que eligen una despedida virtual, compartiendo una imagen y un texto breve para honrar a un ser querido.

