Octubre es un mes significativo para reflexionar sobre la raza y cuestionar el discurso colonialista que ha fundamentado su concepto desde el siglo XV, cuando se vinculaba a linaje y casta, evidenciado en acciones de “limpieza de sangre” a lo largo de la historia occidental.
Este concepto fue potenciado a finales de la Ilustración del Siglo XVII, donde se clasificaron a los seres humanos según rasgos físicos y medidas craneales, estableciendo roles y jerarquías en la estructura laboral según el origen étnico y el color de piel. Según el sociólogo peruano Aníbal Quijano, la raza fue el primer criterio utilizado para “ordenar” a la población mundial.
Sin embargo, el análisis del genoma humano en 2003 demostró que las razas humanas no existen, siendo una construcción social e histórica sin base biológica. Se evidenció que todos compartimos más del 99.9% de nuestro código genético, y que las variaciones son simplemente diferencias genéticas.
El proceso de racialización impone etiquetas y jerarquías que afectan cómo somos tratados, estableciendo privilegios, estereotipos y desigualdades. Esto se manifiesta en la intersección de historias personales, clases sociales y dinámicas culturales de cada región.
La colonialidad, surgida de las gestas genocidas de la colonización, perpetúa el concepto erróneo de exclusión de personas o grupos por sus características, como el color de piel o sus tradiciones. Este fenómeno sigue presente en nuestra sociedad.
En la República Dominicana, el binomio raza-colonialidad se ha convertido en un mecanismo de “supervivencia” de identidad, donde se evita la categoría de negritud asociada a la esclavitud, adoptando términos como “indio”, “claro”, “oscuro” o “jabao” en documentos legales y culturales.
Asimismo, se ha construido una narrativa que posiciona al país como un espacio de valores europeos, relegando nuestras raíces afroamericanas y contribuyendo a la perpetuación de la desigualdad racial.

