La cosificación, un fenómeno que reduce a las personas a meros objetos de utilidad, se manifiesta en cómo valoramos nuestra identidad personal a través de preguntas cotidianas como “¿a qué te dedicas?” o “¿cuánto ganas?”. Estas interrogantes, aunque parecen inofensivas, revelan una tendencia a calcular el valor de alguien antes de conocer su historia.
Este término se asocia comúnmente con la objetificación del cuerpo, pero también se extiende a las relaciones laborales y personales. Cuando dejamos de ver a alguien como un individuo con necesidades y deseos, comenzamos a enfocarnos únicamente en la función que cumple para nosotros.
En el ámbito laboral, la cosificación se oculta tras un lenguaje que habla de recursos y productividad. Aunque estos términos son necesarios para la organización, pueden deshumanizar a los empleados, convirtiendo su cansancio en falta de compromiso y su dedicación en un mero dato numérico.
Esta dinámica también se refleja en las relaciones afectivas, donde a menudo se espera que una persona cumpla con un rol específico, como escuchar o resolver problemas. Cuando esa persona necesita apoyo o establece límites, surgen conflictos que evidencian la falta de espacio para su humanidad.
La dificultad para reconocer las necesidades de los demás proviene de la normalización de la cosificación, impulsada por la importancia que se le da al dinero, la apariencia y el estatus. Esta percepción distorsionada nos lleva a sentir que nuestro valor está ligado a nuestra productividad y a los logros visibles.
Hemos aprendido a evaluar a los demás por su rendimiento, lo que a su vez nos obliga a demostrar constantemente que merecemos consideración. Por ello, es fundamental reflexionar sobre nuestros hábitos y cuestionar si realmente escuchamos a los demás sin esperar algo a cambio.
Es esencial recordar que, aunque necesitamos trabajar y establecer acuerdos, ninguna función define a una persona en su totalidad. Un empleado tiene una vida fuera de su trabajo, una pareja tiene deseos propios y un amigo existe más allá de su capacidad para ayudar.
La verdadera medida de la cosificación se revela cuando alguien deja de ser útil. En ese momento, se pone a prueba nuestra disposición a conocer, escuchar y respetar a la persona detrás de la función que desempeñaba.

