Los trabajadores del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar en Maiquetía, Venezuela, enfrentan la devastación provocada por los sismos del 24 de junio, que han dejado huellas profundas en la región. Entre ellos se encuentra el señor Farfán, de 74 años, quien lleva 33 años en el área de operaciones y relata cómo vivió el momento del terremoto. A su lado, jóvenes auxiliares de carga y equipaje también comparten la experiencia de una tragedia que ha impactado a su comunidad.
El aeropuerto, epicentro de la destrucción, aún opera de manera limitada, pero los daños son evidentes. Farfán recuerda el momento del sismo: «Era como cuando se agita el agua dentro de una olla grande». El primer movimiento fue leve, pero el segundo lo sorprendió, cubriendo todo de polvo y escombros. «No se veía nada», dice, mientras señala los sectores dañados de la terminal.
La tragedia ha golpeado especialmente al personal del aeropuerto, ya que muchos de ellos residen en La Guaira. Algunos trabajadores han perdido la vida, otros sus hogares, y muchos siguen desaparecidos. Farfán menciona que al menos siete de sus compañeros han fallecido, y uno de sus superiores ha perdido a toda su familia.
El impacto emocional es profundo. Farfán, quien ya vivió el terremoto de 1967, asegura que nada se compara con lo ocurrido en 2026. Aunque su familia no sufrió pérdidas mortales, otros parientes se han quedado sin hogar. A su lado, Zaquiel Lorenzo, un joven trabajador, relata que un incendio en un almacén cercano se sumó al horror de la tragedia.
El aeropuerto, que alguna vez fue símbolo de modernidad, ahora recibe ayuda humanitaria en lugar de turistas. Las operaciones en otros aeropuertos de Venezuela continúan, pero en Maiquetía la situación es crítica. «El desastre fue acá», enfatiza Farfán, mientras observa a su alrededor.
La historia de La Guaira está marcada por catástrofes. Hace 26 años, un deslave devastó la región, y ahora, muchos edificios de vivienda social han colapsado. Zaquiel explica que estos apartamentos, que eran accesibles para familias de bajos ingresos, han quedado en ruinas tras los sismos.
La falta de personal ha llevado a que los trabajadores que permanecen en el aeropuerto asuman más responsabilidades. «Donde trabajaban diez, ahora somos cinco», dice uno de ellos, mientras descargan cargamentos de asistencia humanitaria que llegan a diario.
Pese a la adversidad, Farfán mantiene la esperanza. Tiene seis hijos, de los cuales solo uno vive con él en Venezuela. «Y con ganas de seguir viviendo», expresa con voz baja. A medida que un avión se aproxima, se prepara para volver al trabajo, consciente de que su labor es crucial en estos momentos difíciles.
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