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La conveniencia desplaza la conciencia social en la democracia actual

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La práctica del «sálvese quien pueda» se ha vuelto común en sociedades dominadas por la corrupción y el clientelismo, tanto en el ámbito civil como militar. Esta situación se agrava con la tendencia a etiquetar a quienes critican abusos o piden cambios en los procesos políticos, considerándolos de izquierda. La democracia, como señala un autor sobre la Revolución Francesa, debería estar donde están las mayorías, lo que plantea un dilema sobre la legitimidad del sistema cuando la mayoría apoya acciones ilegales.

Las constituciones, a menudo alabadas, esconden la falacia de que se respetan los derechos ajenos, mientras que la selectividad en la aplicación de las leyes es evidente. Las leyes, desde su creación, parecen estar diseñadas para favorecer intereses particulares en lugar de mejorar la vida de la población. Esto lleva a que quienes más sufren las consecuencias de la corrupción terminen defendiendo a quienes los oprimen.

La crítica al «pobre de derecha» revela una falta de conciencia social y de clase, evidenciando cómo la educación y el pensamiento crítico se han visto mermados. La sociedad actual se encuentra en un estado de conformismo, incapaz de cuestionar y analizar los problemas que enfrenta, lo que la convierte en un terreno fértil para la corrupción y el abuso de poder.

Este fenómeno se observa en diversos sectores y plataformas, donde los actores políticos continúan su juego, ignorando el sufrimiento del pueblo. La pregunta sobre la conciencia de clase se vuelve pertinente, especialmente cuando se cuestiona la vigencia de ideales de izquierda o de teorías obsoletas.

Hablar de cambios reales parece ser visto como un acto comunista, lo que refleja la hipocresía y el talento desperdiciado en la búsqueda de conveniencia personal. Muchos profesionales brillantes han optado por servir a intereses corruptos, olvidando que sus acciones tienen consecuencias para la nación.

A medida que la corrupción y el abuso se perpetúan, se olvida que el hundimiento del país afectará a todos. La población, cada vez más informada y harta de los engaños, exige un cambio real en la política. La búsqueda de poder por sí sola ha llevado a la auto destrucción de la credibilidad política.

El desafío democrático actual se complica por la falta de voluntad para reconocer la realidad. La generación Z, junto con la disrupción tecnológica, plantea nuevas dinámicas sociales que requieren una revisión de los derechos y una conciencia de clase renovada. La necesidad de fijar posiciones claras ante las amenazas sistémicas se vuelve urgente.

Sin una conciencia de clase y sin contribuciones a la colectividad, los actores del sistema continúan burlándose mientras la nación enfrenta su posible colapso.

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