Recorrer la República Dominicana, calle por calle, revela la complejidad de la economía local y cómo se distribuyen los recursos para que la comida llegue a la mesa. Esta experiencia evidencia el impacto real de la inflación, tanto en productos importados como nacionales, sin necesidad de gráficos complejos ni estadísticas. La realidad económica se mide en el bolsillo del ciudadano cuando se mueve de un colmado a otro.
Una libra de ajo puede costar entre 10 y 15 pesos más en un establecimiento que en otro a solo dos esquinas de distancia. El precio del pollo varía de manera desconcertante entre diferentes puntos de venta, mientras que otros productos como la papa, el fideo, el pan y el café presentan alteraciones significativas en sus precios. Ante esta situación, surge la pregunta: ¿quién está supervisando estos precios?
Al parecer, no hay una regulación efectiva y quienes deberían encargarse de esto parecen estar ausentes. Esta falta de control genera una incertidumbre asfixiante en el día a día de los ciudadanos. La inflación galopante plantea la necesidad de una intervención que verifique los precios en los colmados, que continúan aumentando sin un límite claro.
Un dato fundamental es que aproximadamente el 40% de las materias primas que utilizan las industrias dominicanas son importadas. Esto significa que, mientras los costos de producción y precios en los mercados internacionales sigan en aumento, la inflación local encontrará un sustento constante en el exterior. Por lo tanto, el problema no es solo político, sino también una cuestión de dependencia económica global.
A pesar de que la raíz de la inflación sea internacional, esto no justifica el desorden interno en los precios. La diferencia entre el costo real de importación y la especulación de los intermediarios es notable. Es necesario que alguien intervenga en los colmados para regular y poner orden, de lo contrario, la clase trabajadora podría enfrentar dificultades para adquirir lo básico.
Los precios actuales se asemejan a la marea del Océano Atlántico: bravos e impredecibles, con el potencial de hundir la frágil economía de las familias dominicanas.

