El siglo XX en la República Dominicana estuvo marcado por una intensa represión contra los comunistas, impulsada por las dictaduras de Rafael Leónidas Trujillo y Joaquín Balaguer. Durante estos regímenes, el Estado ejecutó una política sistemática de exterminio contra aquellos que se identificaban con la izquierda, lo que llevó a una serie de cacerías humanas en el país. A casi un siglo de estos eventos, muchas familias aún buscan respuestas sobre el paradero de sus seres queridos desaparecidos.
Entre los desaparecidos se encuentran los hermanos Malé y Cerafín Santana Vilorio, así como su amigo Juan Zorrilla, quienes fueron secuestrados y torturados por militares en Hato Mayor. Acusados de ser comunistas, sus cuerpos nunca fueron devueltos a sus familias, dejando un vacío en la historia dominicana. La juventud de esa época, en su mayoría, luchaba por ideales de justicia social y equidad, buscando transformar la estructura económica y social del país.
Sin embargo, la respuesta del gobierno no fue el diálogo, sino la violencia. Las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad se convirtieron en instrumentos de represión, asesinando a estudiantes, líderes campesinos y periodistas. Casos como el cerco militar a la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y el asesinato de la estudiante Sagrario Ercira Díaz Santiago son ejemplos de una estrategia que buscaba silenciar el pensamiento crítico.
La reconstrucción de esta memoria histórica es esencial para entender la importancia de rechazar cualquier régimen totalitario. Un sistema que no respeta la pluralidad de ideas y la complejidad humana inevitablemente se convierte en tiranía. Por ello, los periodistas tienen la responsabilidad moral de oponerse a la censura y a la opresión, sin importar su origen.
A pesar de los cambios políticos y de la democracia formal actual, las Fuerzas Armadas dominicanas aún arrastran herencias peligrosas. Existen tensiones latentes dentro de las instituciones militares, donde coexisten facciones que observan con recelo el desarrollo civil. Este contexto plantea un peligro sutil, donde los militares pueden asumir roles que deberían ser exclusivamente políticos.
Escribir sobre estos temas y recordar los crímenes del pasado no es un acto de venganza, sino una obligación democrática. La libertad que disfrutamos hoy se basa en la memoria de aquellos que fueron asesinados por pensar diferente. Ignorar esta historia es el primer paso hacia la repetición de los errores del pasado.

