En un gimnasio de La Habana, nueve familias cubanas sobreviven desde hace casi tres años en condiciones precarias, debido a la severa crisis económica y energética que atraviesa la isla, que cuenta con un déficit habitacional de más de 900,000 viviendas. Lo que comenzó como un alojamiento temporal tras el derrumbe parcial de su edificio se ha convertido en una estancia indefinida en la sala polivalente Jesús Montané, un espacio de boxeo que ahora funciona como albergue.
Las promesas de reubicación por parte del gobierno no se han cumplido. Dayana García, madre de tres hijos y residente del lugar, considera «muy difícil» la posibilidad de obtener una vivienda en la actual situación del país. Las «casas» improvisadas están delimitadas por sábanas sostenidas por cables y palos, y no ofrecen aislamiento del ruido ni de las miradas de los visitantes.
Condiciones de vida
Felicia Crespo, de 57 años, vive cerca de la entrada del gimnasio. Sus pertenencias incluyen una cama de metal, una hornilla de carbón y algunos electrodomésticos apilados. El sistema eléctrico es precario, con cables expuestos, y el agua que utilizan proviene de una cisterna que consideran insalubre. «No te la puedes tomar», afirma Crespo, refiriéndose al agua, que solo utilizan para lavar.
Desde temprano, el área deportiva se llena de actividad, con niños y jóvenes entrenando y corriendo entre las viviendas improvisadas, lo que hace imposible el descanso. A las carencias materiales se suman problemas sanitarios, como la presencia de chinches, ratones y humedad, que afectan la salud de los residentes.
Dayana García, que cría sola a sus tres hijos, menciona que su hija menor, nacida en el gimnasio, ha enfermado varias veces debido a las condiciones. «El niño tiene una lesión en el pulmón derecho», explica. Además, la falta de higiene ha afectado su propia salud, presentando lesiones en su piel que atribuye a un hongo.
La desesperanza se hace evidente en las palabras de García, quien lamenta la falta de atención del gobierno. «No tengo esperanza ahora mismo de que me den nada (una casa)», dice. Las condiciones en el gimnasio son difíciles, con temperaturas sofocantes y apagones prolongados que hacen la vida casi inhabitable.
Una lucha constante
Radhamés Castillo, un profesor de boxeo, comenta que al principio fue extraño, pero ahora están acostumbrados a la presencia de las familias en el gimnasio. Mientras los boxeadores entrenan, estas familias libran su propio combate diario, enfrentando la falta de privacidad y descanso, sin vislumbrar una solución a su situación.
La incertidumbre y la falta de recursos han llevado a los residentes a una situación límite. «¿Qué podemos hacer? Nadie aquí sabe qué hacer. Nadie sabe a dónde ir», concluye Zambrano, reflejando la angustia de quienes habitan en este espacio improvisado.

