En el ámbito del liderazgo actual, la velocidad de ejecución ha comenzado a sustituir la competencia, lo que genera preocupaciones sobre la calidad de las decisiones. Este fenómeno se observa cuando líderes premian la rapidez en las respuestas y castigan el análisis profundo, lo que puede llevar a decisiones equivocadas con consecuencias a largo plazo.
Un ejemplo de esta tendencia es el cirujano que, presionado por la administración de un hospital, reduce el tiempo de sus operaciones sin mejorar la tecnología ni el procedimiento. Aunque los indicadores muestren un aumento en la atención de pacientes, esto no se traduce en excelencia médica.
La cultura de la inmediatez ha llevado a que parecer ocupado sea más valorado que el pensamiento crítico. Esto se ve reflejado en el sesgo de acción, donde la sensación de movimiento se confunde con progreso, a pesar de que puede llevar a decisiones erróneas.
Los líderes deben cuestionarse si realmente están resolviendo problemas o simplemente reaccionando a ellos. La prisa puede ser una forma de evitar el análisis profundo, lo que puede resultar en decisiones que no abordan los problemas de fondo.
Las organizaciones más efectivas no son necesariamente las más rápidas, sino aquellas que saben cuándo actuar y cuándo reflexionar. La velocidad puede aliviar la ansiedad momentánea, pero rara vez soluciona los problemas subyacentes.
Además, la rapidez se ha convertido en un sustituto de la competencia real, creando la ilusión de eficiencia. Sin embargo, la fortaleza de una organización radica en la calidad de sus decisiones, no en la velocidad con la que se toman.
Es fundamental reconocer que las decisiones apresuradas pueden parecer efectivas en el corto plazo, pero sus consecuencias a menudo son costosas. En el liderazgo, pensar antes de actuar es una muestra de responsabilidad y no de lentitud.

