Recuerdos entrañables afloraron hoy en mí a través de unos mangos banilejos. Mi madre solía tener una mata de mango en su casa y cada año, al llegar la temporada, me llamaba para decirme que me tenía guardados mis mangos, sabiendo cuánto me gustaban.
Hoy, María, una persona a quien aprecio profundamente por haber estado al lado de mi madre en sus últimos años, me envió unos mangos de aquella misma mata. Al verlos, no solo vi frutas, sino que sentí la presencia de mi madre.
Recordé su voz y nuestras conversaciones diarias. Durante más de veinte años, no hubo un solo día en que no habláramos, ya fuera por llamada o mensaje de WhatsApp. Conservo todos sus mensajes, audios y videos como tesoros de mi vida.
Siempre necesitábamos saber el uno del otro. Ella me avisaba si iba a llover, sabiendo que me levantaba temprano para caminar. Desde su partida, no ha habido un instante en que no piense en ella y en mi padre, quienes están presentes en mis pensamientos diariamente.
A medida que pasan los años, comprendo mejor los sacrificios que hicieron por mí y mis hermanos. Valoro todo lo que hicieron: pagar colegios, comprar ropa, cubrir gastos y mantener un hogar digno. Lo que para nosotros era normal, representaba para ellos largas jornadas de trabajo y renuncias personales.
Recuerdo una frase de mi padre: “Cuando seas grande y tengas hijos, me vas a entender”. Ahora, al hablar con mi hijo, reconozco que mi padre sembraba lecciones que solo el tiempo puede enseñar.
Estos mangos son más que una fruta; son un recuerdo vivo y una conexión con mi madre. Gracias, María, por ese gesto tan hermoso. Me enviaste un pedazo de mi madre.
A ustedes, mami y papi, solo puedo decirles que los amo y que viviré eternamente agradecido por todo lo que hicieron por mí y por mis hermanos. Mientras exista memoria, ustedes seguirán viviendo en mi corazón.

